LA SOLIDARIDAD COMO FORMA DE VIDA (RESPONSABLE)

Araceli Caballero y Sonia Perez

¡Ya no nos queda
ningún hermoso problema individual!
Manfred Max-Neef

 

Introducción. Elogio y refutación de la solidaridad

Tomo el título prestado de un libro muy comprado y espero que leído de José Antonio Marina (1), dedicado a un arma de doble filo, tan brillante como peligrosa; con buena imagen social pero con recámara cargada; un territorio de moda que se revela a menudo como campo minado: la solidaridad.
El diccionario de la Real Academia define ‘solidaridad’ como “la adhesión circuns­tancial a la causa o empresa de otros". En otras palabras, asumir el problema del otro como propio. Es decir, el problema en principio no es mío; llega a ser mío en la medida en que yo -por bondad, exigencia ética, convicción o cualquier otro motivo individual- lo asumo.
Es imprescindible aclarar de entrada qué entendemos por solidaridad, porque la percepción suele determinar el planteamiento de los problemas, el análisis, y desde luego las acciones que se emprenden, los objetivos que se trazan y los compromisos que se asumen.
Pongamos un ejemplo. La pobreza es tal vez lo que más declaraciones de solidaridad despierta en nuestro mundo. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, de los casi 7.000 millones de personas que poblamos el Planeta, unos 1.500 millones viven por debajo del umbral de pobreza, calculado en el equivalente a un dólar USA diario. Si consideramos que el problema es la pobreza, los directamente concernidos son los pobres. Pero si llegamos al diagnóstico de que el problema es la injusti­cia que crea esa pobreza, entonces el problema es de todos y, sobre todo, nuestro. Nuestra relación con los niños que padecen desnutri­ción, con las poblaciones que no tienen acceso al agua potable, los refu­giados, las víctimas de la minas antiperso­na, la infravivien­da y tantas y tantas situaciones a las que se ven sometidos millones de seres humanos no es, por eso, de simple solidaridad con SU problema. El proble­ma es, claramente, también NUESTRO pro­blema. Seguramente a este punto de vista corresponde otra definición de ‘solidaridad’ como “relación entre las personas que participan con el mismo interés en cierta cosa".
Con este significado, ‘solidaridad’ pertenece al mismo campo semántico que ‘responsabilidad’; es decir, no consiste tanto en sentirnos culpables de que las cosas vayan mal, como en considerar que somos responsables de que vayan bien. En resumen, que bien está hacer el bien, pero, sobre todo,  hay que evitar las consecuencias negativas que provocan nuestras decisiones y nuestros hábitos cotidianos.
Esto guarda una estrecha relación con las motivaciones de nuestra solidaridad, puesto que determinan los objetivos reales de nuestras acciones, cómo nos comprometemos, en qué y, sobre todo, para qué.
Hay que poner en claro si el objetivo real es modificar una realidad percibida como injusta, inadecuada o anómala, o modificar la sensación que nos causa la percepción de dicha realidad, es decir, calmar la mala conciencia. Esto es de vital importancia y sería social y personalmente muy saludable que las personas y las organizaciones lo clarificaran.

Ingredientes
Para construir solidaridad hacen falta dos elementos:

  1. una realidad percibida como anómala, injusta, inadecuada, que tiene que ser modificada, que tenemos que modificar, puesto que esa realidad es nuestra realidad,
  2. unas personas que se sienten concernidas, que no pueden convivir en paz con esa situación, que consideran que es cosa suya.

Aunque la solidaridad es una actitud personal que lleva a asumir compromisos, hay un tercer factor de gran importancia: la organización. Puesto que los problemas son complejos y tienen causas plurales, trabajar de manera articulada con otras personas hace posible abordar más eficazmente los problemas, que casi siempre tienen raíces estructurales. Trabajar solidariamente con otros y otras suele potenciar la solidaridad.
Los habitantes de la parte más confortable del Plantea Tierra, aposentados como estamos en este cómodo sofá que es el llamado Primer Mundo, tendemos a considerar, más o menos conscientemente, que quienes han nacido en otras partes más, digamos, inhóspitas del mundo han tenido mala suerte. Solemos considerar en tan cómoda postura que es deber de quienes somos más afortunados hacer algo al respecto, ser solidarios.  Al fin y al cabo, la diosa Fortuna es ciega, pero las buenas gentes tenemos dos ojos en la cara.
Ironías aparte, bien estará que las gentes en general utilicemos los ojos de la cara -y el resto de los sentidos, incluido el común- para mirar bien, para no dejar en la sombra ningún dato, para leer en la realidad lo que en ella está escrito: que por acción o por omisión somos los autores de nuestro mundo; que no hacemos nada de más cuando “somos solidarios”, sino que hacemos de menos cuando nos desentendemos de lo que es nuestro: nuestro porque compartimos el espacio y el tiempo con todos los seres humanos del planeta,  y nuestro porque contribuimos con nuestro estilo de vida a las desigualdades e injusticias que caracterizan el mundo actual.

La solidaridad es política o no es
Hace años, el arzobispo de Milán, Carlo Martín, y el alcalde comunista de Venecia, Maíssimo Cacciari, ambos intelectuales de gran altura, mantuvieron un diálogo que fue publicado bajo el título de Diálogo de la solidaridad (Editorial Herder). Entre los muchos aspectos en los que coinciden, destaco la naturaleza necesariamente política de la solidaridad. Martini es tajante al respecto:   “lo que nos hace falta -afirma- es una solidaridad estructural, política, (...) y una solidaridad extendida”. O está presente en las estructuras sociales y políticas, en las decisiones que ordenan nuestra vida pública, o “se invoca -continúa- sólo en beneficio propio, en tanto deber de los otros, (...) o se concibe como vínculo corporativista entre unos pocos que se unen para tutelar mejor su propio interés frente a los otros” (3), o es una moneda de cambio, un mercado de compraventa de buena conciencia y corrección política, que viene a ser, además de un engaño (a veces, autoengaño), algo así como tomar el nombre del pobre en vano.
La política, por supuesto, no se reduce a afiliarse a un partido o presentarse a las elecciones. Cuando aquí se habla de la naturaleza política de la solidaridad sólo se pretende llamar la atención sobre el hecho de que hay que ir a las raíces de la injusticia, y esas raíces son políticas en el sentido de que tienen que ver con el reparto de poder. Por ejemplo, ¿cómo desligar la pobreza en la que vive la mayor parte de las poblaciones del Sur del hecho de que la Ayuda al Desarrollo no alcanza nunca el reclamado 0,7% del PIB, y además ahora decrece?. Bien está dar dinero para financiar proyectos de desarrollo en el Sur, pero a la vez hay que hacer algo -aunque sea difundirlo y protestar- para cambiar el sentido de los flujos económicos en el mundo. En contra de la sensación tan extendida en el Norte rico, el dinero en el mundo va de Sur a Norte y no al contrario. Sólo en intereses de deuda externa, el llamado Tercer Mundo entrega al Norte industrializado más del doble de la ayuda que recibe.
Ello no significa en absoluto que la solidaridad se decida sólo en grandes foros, en los que sólo podemos intentar influir. Ser solidario, ser solidaria es vivir teniendo en cuenta que todos los seres humanos somos iguales y tenemos derecho a una vida digna. Y eso se decide tanto en los grandes foros como en la vida cotidiana; en los hábitos y los gestos más elementales. Porque la vida de todos los seres humanos –de todos los seres- es interdependiente.

1.- El mundo es ancho, pero no ajeno

El llamado efecto mariposa es una hermosa metáfora de la interdependencia: el batir de alas de una mariposa en el Pacífico puede desencadenar una tormenta tropical en el Caribe. Es decir, pequeños hechos que parecen inconexos y sin trascendencia pueden influir de manera decisiva en ámbitos en principio lejanos y ajenos. Tomémoslo como metáfora, porque parece que los que más batimos las alas somos los habitantes acomodados de los países ricos, y nuestro modelo de vida dominante.
Así, a grandes rasgos, en la Tierra vivimos casi 7.000 millones de personas. De esos millones de personas, más de 1.500 viven con menos del equivalente a un dólar USA al día, carecen de servicios sociales elementales; cerca de 1.000 millones de adultos son analfabetos, 1.000 millones de personas carecen de acceso al agua potable y más de 2.400 millones no disponen de saneamiento básico, según nos recuerda cada año el Informe sobre Desarrollo Humano que publica el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Tal vez esto último  explica el aspecto enfermizo que desde aquí percibimos en muchas de las personas que vemos trasladarse. Eso explica que cada año mueran en el mundo unos once millones de niños menores de 5 años, la mayoría por causas evitables (diarreas, sarampión, etc.).
La tendencia, que avanza a velocidad galopante es que cada vez más personas abandonen el campo y se trasladen a las ciudades, donde se instalan casi siempre en condiciones insalubres. Muchas de esas personas que marchan a las ciudades, dejando atrás el lugar donde tienen sus raíces, sus elementales posesiones, sus amigos y, a veces, sus familias enteras, lo hacen empujados por un deterioro ecológico que significa que la tierra ya no produce ni lo necesario para sobrevivir. Y el deterioro ecológico está muy vinculado al cambio climático, la desertización, la deforestación, la creciente escasez de agua y de terrenos fértiles.
La guerra y las catástrofes naturales -llamadas naturales, porque con frecuencia están muy ligadas al cambio climático, que poco o nada tiene de natural- los empujan a trasladarse a otros territorios, a veces sin rumbo y sin cobijo. Como un flujo incesante vemos también un ancho río de personas que se traslada del Sur al Norte, o más bien, que pretende trasladarse, porque a las puertas de ese Eldorado sin fronteras ni límites que los medios de comunicación difunden y promocionan, encuentran alambradas, barreras, leyes de extranjería, policías; y todas las diversas manifestaciones de los muros que comienzan alzándose en nuestro interior y que terminan encarnándose en instrumentos de la violencia sobre el pobre, o mejor dicho, el empobrecido, puesto que carece de recursos porque le han sido arrebatados.
¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros, aparte de que nos ha tocado compartir tiempo y, en términos planetarios, espacio? Pues resulta que estamos muy vinculados a todo esto, ya que esto es precisamente fruto de nuestro sistema de valores (competitividad), sistema de vida (consumismo) y, como consecuencia de todo ello, de la distribución de poder y de recursos.

Consumismo, deterioro ambiental, agotamiento de recursos
Que consumismo, deterioro ambiental y pobreza son los tres vértices de un triángulo –viciado más que vicioso- que se retroalimenta sin fin es ya algo tan repetido que lo que extraña es que no se haga algo para evitarlo desde las políticas públicas, los valores sociales y los hábitos cotidianos.
Los problemas ambientales aludidos más arriba -deforestación, desertización, difícil acceso al agua potable, agotamiento de recursos naturales- son inseparables de ese modo de vida que se ha dado en llamar sociedad de consumo, denominación acertadísima porque en ella la autoestima, la personalidad social y la participación política, el derecho de ciudadanía- estriban, en gran medida, en la capacidad de consumir, al grito de “consumo, luego existo”. Lo malo es que no todos consumimos por igual (tal vez es que no existimos por igual). El informe del PNUD de 1998 señala que durante los últimos 25 años los incrementos han sido espectacula­res, pero no para todos: el consumo por persona ha crecido un 2,3% anual en los países indus­trializados, 6,1% en Asia oriental, y 2% en Asia del sur. El hogar africano medio, por el contra­rio, consume un 20% menos. "El consumo desenfrena­do –señala- aumenta la diferencia entre ricos y pobres".
Las enormes cantidades de CO2 que enviamos a la atmósfera (24.000 millones de toneladas anuales, aunque la biosfera sólo tiene capacidad para absorber la mitad) son la principal causa del efecto invernadero y las consiguientes alteraciones climáticas, muy relacionadas con la desertización, la sequía, las catástrofes “naturales”, el agujero en la capa de ozono, las lluvias ácidas, etc. Como es sabido, este gas se produce sobre todo por la quema de derivados del petróleo; es decir, por nuestra dependencia de la gasolina y de otros parientes energéticos, como la electricidad, para cuya producción se emplean también combustibles fósiles. El 92% de la población mundial no tiene coche, en África hay un coche por cada 110 habitantes y en la India, uno por cada 554. El consumo, pues, es desigual, como lo es la consiguiente contaminación. Si cada habitante del planeta consumiera recursos naturales y emitiera dióxido de carbono y otros contaminantes al ritmo que lo hacemos los ciudadanos y las ciudadanas de los países llamados desarrollados, harían falta varias Tierras. Puesto que sólo hay una, lo que unos consumimos de más,  otros lo tienen de menos, y si bien unos deterioramos de más que otros, justamente son los que menos consumen, y menos deterioran el planeta, los que más sufren las consecuencias de nuestros excesos.

2.- Ser o tener (deseos y necesidades)

Hace casi un siglo, Gandhi dijo que "la Tierra brinda lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no la codicia de todos". El quid de la cuestión radica en qué es lo que se considera necesario.
Comer, beber, dormir,... Parece que hay acuerdo general sobre la inexcusable necesidad de estas actividades para todos los seres humanos. ¿Y cariño? ¿no es tan necesario el cariño y el reconocimiento como el comer? Está más que demostrado que los niños sin afecto crecen menos y se desarrollan peor. ¿Y el éxito? ¿y la alegría? ¿y...? Y lo que no es una cuestión menor: ¿Dependen las necesidades humanas de la sociedad en la que viven esos seres humanos? ¿Significa ello que unas personas tienen (tenemos) más necesidades que otras y, por tanto, derecho –o al menos justificación- a acceder a más medios par satisfacerlas?
Aunque parezca mentira, el lugar que ocupan las necesidades en la sociedad de consumo no es, ni mucho menos, central. A alguien que llegara de otra galaxia podría parecerle que todo en nuestra sociedad se ordena a la satisfacción de las necesidades, pero es posible que al poco tiempo se diera cuenta de que en realidad todo se ordena a crear necesidades; es decir, a convencernos de que “nuestros deseos” (que tal vez ni son nuestros, porque nos los generan, desde luego con nuestro consentimiento) son necesidades.
Aún se oye a veces que la demanda dicta la oferta, pero esto, si no completamente falso, desde luego es muy matizable. La sociedad de consumo culmina un proceso que, arrancando de la revolución industrial, es literalmente subversivo, puesto que subvierte el proceso de satisfacción de las necesidades humanas. En sociedades preindustriales, se producían las cosas que la gente necesitaba: pan para comer, ropa para vestirse, joyas para adornarse, arte para disfrutar, etc.
Ahora no es la demanda la que genera la oferta; ahora se trata de inducir, de crear la demanda de lo que conviene producir; convencer a la gente de lo que necesita. La publicidad -importante eslabón en la cadena de producción y de integración social- se ha convertido en "industria de creación de sentimientos de carencia" (4) que nos convence de qué necesitamos no ya para trasladarnos, abrigarnos o alimentarnos, sino para sentirnos bien, integrarnos en el grupo social, ser amados y amadas (con diferenciación de género: parece que no nos hacen amables las mismas cosas a hombres y mujeres).
Un burdo ejemplo puede concretar el razonamiento. Si un coche sirviera para trasladarse, una vez adquirido, se acabarían las ganas de coche. Si su función es construir o alimentar una identidad de ganador, sentirse más atractiva, "salirse del rebaño", el apetito de coche tarda tanto en volver a aparecer como un nuevo modelo más caro, más "único", más exclusivo en salir al mercado. Ello asegura que la maquinaria siga en marcha, lo que deja claro qué tipo de necesidades se propone satisfacer la sociedad de consumo y, sobre todo, de quién son esas necesidades.
Una de las seis recomendaciones del informe del Club de Roma Más allá de los límites del crecimiento para evitar el colapso ecológico que viene (que ya está aquí) es que los ciudadanos de los países ricos no demos respuestas materiales a problemas de índole no material. "La gente –explica- no necesita coches inmensos; necesita respeto. No necesita armarios atestados de ropa; necesita sentirse atractiva y requiere excitación, variedad y belleza. La gente no necesita entretenimientos electrónicos; necesita hacer con su vida algo que valga la pena". La consecuencia es obvia: "Intentar rellenar estos huecos con objetos materiales es desatar un apetito insaciable de falsas soluciones para problemas reales que nunca se satisfacen". 
Unos hábitos de consumo que sirven para satisfacer necesidades dignas de tal nombre y se hace cargo de las circunstancias reales merece el calificativo de responsable. El consumo responsable consiste en saber qué consecuencias para el bienestar general tienen nuestros hábitos y decisiones, y elegir teniendo en cuenta el coste (ecológico, social, económico, humano) que tuvo la producción y los impactos que tendrá su destrucción.
El consumo responsable requiere información y conciencia, datos y sensibilidad. Esto es tan importante como que del planteamiento del problema depende en gran medida su solución, en dos sentidos: que tenga solución y qué tipo de solución tiene. Por ejemplo, si el problema es que hace frío, la solución suele consistir en poner toda la casa a temperatura estival, aunque sea enero. Si el problema es que tengo frío (el problema no es la temperatura, sino mi sensación de frío), la solución es ponerme un confortable jersey.

3.- Solidaridad del metro cuadrado

Teresa, una amiga mía suele decir que hay que empezar a cambiar el mundo por mi metro cuadrado, que es donde tengo más posibilidades. Es otra versión de actuar localmente penando globalmente, porque no son perspectivas que se contraponen sino que se reclaman mutuamente. La solidaridad entendida como realizar actos bondadosos en beneficio de personas lejanas tiene un contraste decisivo en vivir de manera solidaria en el presente más inmediato. Vistos de cerca, los problemas son más complejos, requieren tomar decisiones en situaciones complejas, pero la vida real suele ser así.
Vivir de manera solidaria en lo inmediato significa construir vecindad, que dice el diccionario que es “vivir en armonía unas personas con otras”. “Si nadie te saluda, no existes”, escribe Petrella. Y, en un sentido amplio, saludar va más allá de las fórmulas de cortesía. Significa reconocer al otro como tal, con sus derechos, deseos y posibilidades. Y no hay reconocimiento si no hay preocupación porque pueda vivir una vida digna; como igual a mí y conmigo. Construir vecindad viene a ser construir bien común.
La solidaridad del metro cuadrado tiene una ventaja muy interesante: si miramos alrededor, descubrimos que hay mucha gente que hace cosas, muchas posibilidades, muchas iniciativas. La solidaridad del metro cuadrado es hacer cuerpo con al menos algunos de esos grupos que trabajan por el bien común, conocerlos, reconocerlos y sumarse a las iniciativas.

4.- Resolver conflictos

El conflicto nace de la pluralidad de puntos de vista y de intereses, de modo que, puesto que los seres humanos somos diversos, mientras estemos vivos y seamos humanos, el conflicto será nuestro equipaje. La extendida costumbre de hacer frente al conflicto con la violencia encierra un macabro malentendido: estos métodos en realidad no buscan acabar con el conflicto, sino con la otra parte del conflicto. Con el otro.
Si el punto de partida es el reconocimiento de que todas las personas y grupos humanos tienen derecho a vivir y a ser como son (en castellano, esto se llama 'respeto'), las salidas que se plantean no consisten en cómo terminar con el contrario -que constituye una curiosa y, sobre todo, expeditiva fórmula de resolver conflictos-, sino cómo convivir de forma aceptable para todas las partes.
El fondo de la cuestión radica en considerar al otro como un enemigo, un límite a mis deseos o mis necesidades, o bien como un igual con el que construir metas comunes, bien común, que es, por definición, el bien no excluyente. No restar, sino sumar; no o –o tu o yo- sino y –tu y yo-, el sentido profundo de la solidaridad es construir nosotros. Como señala Pedro Sáez, "recuperar el conflicto como un lugar de construcción pública de la ciudadanía".
Puesto que el mundo no es un lugar idílico ni las personas, ángeles, el conflicto está presente en la vida cotidiana, de modo que una elemental solidaridad consiste en buscar métodos pacíficos, noviolentos de resolverlos, de gestionarlos, porque, aunque se repita hasta la saciedad que la libertad del otro termina donde empieza la mía, aunque a menudo se cite a Hobbes –“el hombre es un lobo para el hombre”-, lo que dicta la razón y confirma la experiencia es que los otros hacen reales mis posibilidades de todo tipo, que, como señala Capella, “nuestras posibilidades reales de libertad están en  función de las posibilidades de todos”.
Durante años nos han puesto como modelo de acabar con un problema la astucia de Alejandro Magno con el nudo gordiano, con el que acabó de un mandoble, según el expeditivo método de "cortar por lo sano". Directo, expeditivo, pero un tanto salvaje método, nada propio de seres humanos, porque, como escribe Bobbio, "para deshacer nudos hace falta inteligencia; para cortarlos, basta una espada".

Epílogo: NO SEAS IDIOTA

Lo contrario de la solidaridad no es la insolidaridad, sino en un sentido literal, la idiotez.  “Uno de los dramas de nuestro tiempo -escribe Massimo Cacciari- es no la reducción del individuo al ámbito de lo privado, sino la inflación de la personalidad del idiota que ha hinchado la dimensión del propio y mezquino interés privado”. (Cacciari y Martini, 97. Pág. 35)
‘Idiota’, como es bien sabido, viene del griego y denomina quien “vive en sus propias cosas, ignorante”, puesto que en el griego antiguo es “el que por estar dedicado a los oficios de la vida propia y privada no cultivaba la filosofía, ni entendía de los asuntos públicos: ignorante.” “El idiota lo es -insiste Cacciari- porque en último término no conoce realmente su propio interés”. Y viene aquí al pelo algo aún no citado, que bien merecería otro folleto y que forma parte del meollo del ejercicio de la solidaridad: el bien común.
El error óptico del idiota, que es ignorante, una especie de analfabeto funcional, puesto que no sabe leer el mundo,  viene de tomarse literalmente esas distinciones metodológicas entre ‘propio’ y ‘común’, puesto que lo propio está incluido en, forma parte de lo común. El error práctico del idiota, que es un individualista, que se automutila porque se priva de los otros, procede de plantearse como una carrera competitiva (en la que siempre gana sólo un individuo; el resto, pierde) lo que en realidad es un empeño común, de cuyo éxito depende el éxito de cada cual.  La idiotez, a fin de cuentas, consiste en no enterarse de que el bien común es el bien de todos (también, por tanto, el mío). La solidaridad consiste, en suma, en construir bien común, sin excluidos. Por definición, si algún tipo de bien deja a alguien fuera, no es común; no interesa.
De los textos de este tipo suele esperarse una lista final de recomendaciones prácticas. Yo sólo tengo una, que tomo de Cacciari en su diálogo con Martini. “Hace falta inaugurar una especie de escuela de resistencia a la inflación de la personalidad del idiota, abierta a todos (...). Si no conseguimos sustraer la solidaridad de su dimensión utilitaria, y dotarla de una base fuerte, la suerte de todos nosotros, incluidos los idiotas, estará echada”.


(1) Marina, J. A.: Elogio y refutación del ingenio. Anagrama. Barcelona, 1992.

(2) María Moliner: Diccionario de uso del español. Gredos. Madrid, 94. (Ojalá sea, efectivamente, el uso más frecuente)

(3) Cacciari, Massimo y Martini, Carlo Mª: Diálogo de la solidaridad. Herder. Barcelona, 1997. Recomiendo este libro con todo entusiasmo e interés.

(4) Capella, j.R.: Los ciudadanos siervos. Trotta. Madrid, 1995.

(5) Aguilar, T. y Caballero, A. (ed.). Campos de juego de la ciudadanía. El Viejo Topo. Barcelona, 2003