Ejemplos de actuaciones correctoras: Siendo de Eduardo Galeano.

Lee el siguiente texto de Eduardo Galeano, titulado "Siendo" (Estado Mundial de la Infancia 1984, UNICEF) y coméntalo por grupos.

SIENDO

—Toque esta mano.
Esta mano que palpa el vientre y encuentra la cabeza y endereza al niño cuando viene mal. Esta mano que transmite serenidad y fuerza a la mujer, mientras su cuerpo se abre, y después le ofrece té de canela o alhucema. Esta mano que brinda una pizca de miel al recién nacido, para que éste sea su primer sabor del mundo. Esta mano que entierra la placenta, «que es como raíz recién arrancada, que se viene con tierra y todo y a la tierra vuelve».
Esta mano que da de nacer. ¿Existe, acaso, un oficio más hermoso?
—Ya está viejo el primer chavalo que miré. Miles he traído. Y gemelos, tres veces. Nunca lo hice por los reales. Si alguien gustaba pagarme un pollo, yo gustosa lo aceptaba, y ese pollo era una vaca para mí. He parteado mucho en el monte, solita y a medianoche. Con clavo ardiente quemaba el ombligo. En el tiempo antiguo, otra cosa no había. Aprendí de una abuelita mía, que ella me dijo: «mira nieta. Me voy a morir. Aprende para que te ayudes y ayudes». Yo soy la cola del mundo. Ya no voy a servir mucho, por la mucha edad que tengo. Pero les enseñaré a otras. Tengo ese orgullo. Hasta cuando Dios me quite la vida. Es cuanto.
Cuando los nicaragüenses dicen «el tiempo antiguo», están hablando de hace cuatro años:
—No había una inyección, una nada.
Verdes montañas entorno de muros mordidos por las balas: en la ciudad de Estelí, todavía marcada por la lepra de la guerra, a las parteras de diversas comarcas están renovando sus maletines de UNICEF. Las parteras populares, las comadronas, tuvieron miedo la primera vez que fueron convocadas. La práctica del parterío estaba prohibida. Había que pagar a médicos que nunca llegaban, había que acudir a hospitales que nunca existían. Pero en 1979, la revolución que acababa de voltear a la dictadura de Somoza no llamaba a las parteras para meterlas presas, sino para darles cursos y diplomas. Ahora vienen siempre; y algunas vienen desde el frente de guerra, «desde la boca del lagarto».
—Yo conmigo empecé. Yo solita me veía. Así tuve diecisiete hijos. Y entonces tuve que partear para otras, porque allá en el valle del Bramadero no había quién para componer el ombligo. Mi sabiduría fue natural, pero ahora pongo inyecciones y tengo yodo y mertiolate. En el tiempo antiguo nadie le hacia caso a una. Y se parteaba en el suelo, a como diera lugar, y muchos tiernitos morían. Estamos cambiando. En esto estamos. Cambiando. Pero quedamos en escombros y estamos pobres y ahora otra vez la guerra. Yo le digo: hemos puesto la mano en al arado y no vamos a volver atrás. Yo le digo lo que Cristo dijo. Y más no me pregunte, porque vivo muy nerviosa. Que me acaban de matar a un hijo. Eso es todo.
Esta es una jornada de celebración. Las parteras han venido a Estelí para celebrar un hecho que bien vale la pena. El año pasado, en esta zona habían caído veinticinco bebitos fulminados por el tétanos. Este año, ninguno. Las parteras ya no cortan ombligos a machete, ni los queman con sebo, ni los atan sin desinfectar. Y también las vacunas han sido decisivas: la vacunación de mujeres embarazadas transmite inmunidad al niño en formación, como si él fuera un órgano del cuerpo de la madre.
Este año, ninguno.
—Le ganamos a la muerte —dice el delegado del gobierno en la reunión—. Y una revolución es eso: ganarle a la muerte.

Más contagiosa que la peste
La salud dejó de ser caridad en Nicaragua. Las víctimas se hacen protagonistas. Ochenta y siete mil voluntarios participaron en la campaña contra la malaria: en tres días realizaron un trabajo de cinco años. La salud de todos es asunto de todos y a todos moviliza. En las jornadas de vacunación, como en la campaña de alfabetización, las brigadas van casa por casa y penetran las más remotas comarcas. En 1981, en Ciudad Sandino, suburbio de Managua, vacunaron cantando. Cuando se libera la energía colectiva, la solidaridad se vuelve más contagiosa que ninguna peste. Un país pobre, profundamente enfermo, se transfigura lanzándose más allá del egoísmo.
—Una vez —me cuenta Fernando— vi un pollo que estaba picoteando un espejo. El pollo estaba como besando su propia imagen. Al ratito, se durmió de aburrimiento.

«Que nos aten al cuello una rueda de molino»
Un país pobre, arrasado por dictaduras, guerras y terremotos. Un país acosado. Pero la movilización popular multiplica los panes y los peces. Y al fin y al cabo, por poner un ejemplo, no cuesta más que veinte mil dólares vacunar contra el tétanos a todas las mujeres nicaragüenses en edad fértil; y veinte mil dólares es lo que el mundo gasta en armamentos en un segundo.
Nicaragua ha logrado, en cuatro años, un espectacular descenso en la mortalidad infantil. Queda mucho camino por recorrer, pero los niños ocupan el centro del proceso abierto a partir de la caída de Somoza. «Si así no fuera», explica el comandante Tomás Borge ministro del gobierno sandinista, «más valdría que nos ataran al cuello una rueda de molino, como dice la Biblia, y nos tiraran al mar».
Los niños morían como moscas. Era costumbre. Las estadísticas de gobierno dependían de la imaginación de los funcionarios. Diarreas, fiebres y vómitos aniquilaban muchas vidas recién empezadas y los registros oficiales no se daban por enterados en la mayoría de los casos. Poco después del triunfo de la revolución, los médicos encontraron que todos los niños de un barrio pobre de Managua tenían síntomas de tuberculosis; y en ciertos pueblos rurales, como por ejemplo Raití, estaban tuberculosos ocho de cada diez habitantes.
Una revolución es una revelación. Los nicaragüenses están descubriendo su propio país. ¿Cuántos tuberculosos hay en Nicaragua? Todavía no se sabe a ciencia cierta; y más se descubren cuanto más se explora. La pelea contra la tuberculosis será larga y difícil en un país donde la leche, los huevos y la carne son todavía, para buena parte de la población, objetos tan extraterrestres como los platos voladores. Pero el sarampión ya no mata a nadie, la polio ha desaparecido y la malaria se redujo a la tercera parte.
De cada diez nicaragüenses que morían, cuatro no habían llegado a cumplir un año de edad. De esos cuatro, dos morían por infección intestinal. La diarrea era la más criminal, la primera causa de muerte infantil en 1979. En 1982, era la tercera. En 1983, está en cuarto lugar.

Fernando, el médico poeta
A principios de 1980, Fernando fue enviado al pueblo de Tortuguero, a orillas del río Kakarawala, porque andaba haciendo estragos el sarampión.
Allá nunca habían visto un médico.
Fernando improvisó un hospital de campaña y aplicó vacunas y remedios. Dos semanas le llevó la guerra contra el sarampión, pero después las lluvias lo obligaron a quedarse. Llovía como para siempre.
Fue pasando el tiempo y Fernando seguía acorralado por las lluvias. Cuando se acabaron las medicinas, curó con hierbas. Fernando combatía inflamaciones con la leche de cierta corteza de árbol y contra el dolor de muelas aplicaba el ácido de una hoja. Con té de flores curaba la tos. La grasa de gallina, derretida al fuego, aliviaba los dolores de pecho. Para la laringitis recetaba melaza de caña. El polvo de achicote es bueno para teñir, pero también ayuda contra las infecciones. La manteca de azahar le servía de bálsamo.
Con el suero que había llevado, salvó a más de un niño moribundo de diarrea. Cuando el suero se acabó, hizo suero casero, con agua hervida, azúcar y sal, en las proporciones que indicaban los técnicos de UNICEF, y enseñó a la gente a prepararlo y a aplicarlo.

Una calabaza para explicar la Medicina
Nicaragua es el primer país que aplica en escala nacional el tratamiento de rehidratación oral contra la diarrea. Hay 356 unidades permanentes de rehidratación oral, diseminadas por todas partes, y una infinita cantidad de centros populares para la distribución del suero. Los brigadistas de salud llevan en sus mochilas los sobres de suero enviados por UNICEF, y también enseñan a preparar suero casero.
Para explicar los síntomas de la gastroenteritis, usan un muñeco: convierten una calabaza en cabeza humana. La calabaza está abierta por arriba y tiene varios agujeritos con tapones. Los brigadistas la llenan de agua hasta el topo y la cubren por arriba con un trapo. Destapan los agujeros de los ojos y la calabaza llora, y por otro agujerito orina, y por otro sufre diarrea. A medida que se escapa el agua, el trapo se hunde como se hunde la mollera del niño deshidratado, y llora sin lágrimas, y orina poco o nada.
Eficaces campañas de propaganda explican que el niño, como la planta, se muere si se seca. La tradición y algunos médicos aconsejaban ayuno ante la diarrea infantil. Ahora se sabe que es al revés.
En el «tiempo antiguo», se intentó aplicar en Nicaragua la terapia de rehidratación oral. No hubo casos. Las madres recorrían enormes distancias hasta llegar a los escasos médicos y raros hospitales, y se sentían estafadas:
—¿Cómo? ¿Me traigo al tierno desde tan lejos, que se me está muriendo, y me dan esta agüita? ¿Ni un remedio me dan? ¿Ni una inyección van a ponerle? De balde el viaje.

Un personaje llamado URO
Nos acribilla la lluvia en la caja del camión que corcovea a través de la selva. Esta es la región de las minas de oro, al sur de Bonanza. Ondula la selva sobre las montañas y el camión la sigue, pisando puentes inundados y a medio caer, y vamos dejando atrás algunas aldeas de casas de madera alzadas sobre zancos. Con la mano a modo de visera alcanzo a ver, a través de la cortina de lluvia, los paisajes fulgurantes. Este mundo parece hecho por un Dios que se dedica, los domingos, a la pintura ingenua.
Calor con lluvia es invierno. Calor sin lluvia es verano. Llueve muchos, muchos meses, en la selva de la costa atlántica. Trae vida la lluvia, vida que por todas partes brota con violencia, pero también multiplica la diarrea y la malaria. Las aguas encharcadas se hacen caldo de cultivo de moscas y mosquitos, las lluvias arrastran basuras y excrementos y se salen de cauce las aguas de los ríos, contaminadas por las empresas que explotan el oro.
—¿Cuántos hijos ha tenido?
—Diez.
—¿Cuántos se le murieron?
—Cuatro perdí.
El diálogo se repite. Cambian los números: doce hijos, cinco muertos; ocho hijos, cuatro muertos, y así.
Entre casas que algo tienen de barcos, conversamos con una mujer de la comunidad indígena de Wasminona, que tiene cuerpo de niña y ojos mucho más viejos que ella. Tres de sus hijos, me cuenta, habían muerto de diarrea. A otros tres se los salvó el URO en un año. El URO, personaje muy popular en toda Nicaragua, y cuyo nombre completo es Unidad de Rehidratación Oral, actúa en cada una de estas comunidades de la selva.
Esta es frontera de guerra. No andan lejos los soldados de la derrocada dictadura de Somoza. Lleva fusil al hombro la enfermera que coordina y abastece a los diversos centros de salud, recorriendo la selva a pie o lomo de burro. En la comunidad del Zopilote, hombres y mujeres han marchado al frente. Las mujeres que quedan reparten el pecho. Con una teta dan a mamar al hijo propio y con la otra, al hijo de la mujer ausente.

María, la lavandera
María ha visto unos cuantos niños muriendo de diarrea color sin color, secos, puro huesito, boqueando como pez fuera del agua.
Ella está a cargo de un URO popular en un suburbio obrero de Managua. Hace cuatro años, le decían:
—¿Qué vas a saber vos?
Venían las madres con niños de mollera hundida y ella les aplicaba suero en vez de inyecciones, y ni siquiera les sobaba la cabeza, ni les apretaba con el dedo el cielo de la boca.
Como responsable de las tareas de salud en su zona, la lavandera María también se ocupa de que de una buena vez excaven su pozo los vecinos que todavía no han hecho letrina, y organiza jornadas de limpieza contra charcas y basuras, y habla con cada una de las madres que no han vacunado, todavía, a sus niños: con ésa que cree que bastante protegido está el niño por el poder de Dios y con esa otra que teme que la vacuna le inflame la canillita o lo mate.
María ha aprendido a controlar embarazos y a distinguir los grados de desnutrición. Por manos de María pasan los alimentos que la ayuda internacional destina a mejorar la dieta de las embarazadas de este barrio y de su boca salen palabras que también ayudan: ella explica que no hay mejor alimento que la leche materna y combate el pánico de las primerizas temerosas de que se les arruine el pecho y las abandone el hombre. María despeja las dudas de las que creen que la leche inicial amarilla y poca, no vale nada, o que la leche de mujer resfriada puede caer mal al niño. Para que no falle la leche, les dice, hay que alimentarse bien y romper la vieja costumbre que obliga a comer sólo queso y maíz, en los cuarenta días después del parto, «para que no se ponga hedionda la sangre».
Le pregunto por la brigada de salud del barrio, que ella dirige:
—¿Los niños participan?
—Los niños no. Ya son adultos como de catorce años.
María, la lavandera, jamás ha cobrado un centavo por todo esto. Tiene manos blanqueadas de tanto jabón, y un marido medio arruinado por un accidente, y seis hijos «que a los mayores me da pena, que los tengo hasta sin zapatos».
En su casa hay velas siempre encendidas bajo las imágenes de Jesucristo y de Sandino.
María, la lavandera, habla como si fuera muchos. Y es.

Denis, el brigadista
Era un campo de tulipanes de todos los colores y él caminaba o flotaba sintiéndose llamado. En eso le salió al paso un hombre o rara luz que lo alzó y lo cargó en brazos. A Denis nunca le gustó que lo lleven, pero en esos brazos se sentía cómodo y muy seguro.
—Yo le preguntaba: «¿Quién sos vos?», Y él, nada. Pero fue un caso, cómo decir, de confianza a primera vista. Yo no sentía miedo. Iba apretado contra ese pecho a través del campo de tulipanes y preguntando, preguntando, y él callando, callando, hasta que me dijo: «Pero, ¿no te das cuenta?».
Entonces me desperté y tenía unas alas acá en la espalda.
—¿Te sentías feliz?
—Preocupado, más bien. Pero me las toqué y desaparecieron.
—¿No te gustó despertarte con alas?
—Peor fue otra vez que me desperté convertido en dinosaurio.
Denis tiene once años. Vive en un barrio de Managua. Con sus compañeros de las brigadas infantiles ha recorrido, puerta por puerta, en busca de niños no vacunados y convenciendo a ciertos padres testarudos o temerosos de que la vacuna contra la poliomielitis fuera veneno o pócima para volver comunistas a los niños. En la lucha contra la malaria, Denis y sus compañeros recogen y queman basura, atacan pantanos, aguas estancadas y charcos, cortan maleza y plantan almendros, mangos, chilamates y sauces.
—Aquí había tanto mosquito que usted aplaudía y mataba a cinco o seis.

Herencia
La salvación de niños es aquí una tarea colectiva, posible porque el pueblo cree, por primera vez, en lo que hace. Cree y crea: al desencadenar su energía creadora, la comunidad se descubre capaz de convertir las palabras en actos.
Fácil no es. A pesar de la solidaridad internacional faltan, por ejemplo, médicos y hospitales. En Managua, los recién nacidos con algún signo de anormalidad tienen que estar de a dos por cuna: y en las salas de cirugía infantil no hay lugar para tener más de tres días a los recién operados.
Pero las dificultades materiales, que son tantas y tan multiplicadas por la guerra incesante, parecen nada en comparación con las otras: no hay varita mágica que pueda borrar de un solo toque la tradición de ineficacia y fatalismo. Durante siglos, este país ha sido entrenado para obedecer, no para pensar, y para padecer la historia en lugar de hacerla. Todo estaba organizado para que cada cual se resignara a la vida que le tocara y aceptara la desdicha y la muerte temprana como se aceptan las lluvias del invierno y los soles del verano (...).


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