SIRVIENTES Y ESCLAVOS                                 


Precisamente en el ámbito del trabajo del menor existe una experiencia que demuestra cuán determinantes pueden ser los consumidores. La historia se refiere a la producción de alfombras indias.

“Bunded Labour Front”, es un movimiento que bajo la guía de Kailash Satyarthi lucha por la superación de la esclavitud y de forma particular por la liberación de los niños.

Satyarthi es una figura solitaria en la escena india, tan caracterizada por profundas injusticias. Basta pensar que, mientras cien millones de personas llevan una vida confortable, todas las demás viven en el límite de la supervivencia. Satyarthi no acepta esta situación, y tampoco acepta que la riqueza de pocos sea conseguida sobre la piel de los más indefensos, o sea, la de los niños de las castas bajas.

Satyarthi tiene las ideas muy claras respecto al trabajo del menor: “Según la mentalidad común el trabajo del menor es debido a la pobreza, a la desocupación, al exceso de población y al analfabetismo. Pero yo creo todo lo contrario. El trabajo del menor no es una consecuencia de la pobreza, sino una causa, porque hace bajar el nivel de los salarios y porque mantiene la desocupación de los adultos. En el año 1947 la India tenia diez millones de niños que trabajaban en las dependencias de los patronos, y diez millones de desocupados. Hoy los niños en estas condiciones son 55 millones, y los desocupados otros tantos. Y ésta es la trágica realidad: mientras los adultos no ganan, los niños -que deberían ir a la escuela- trabajan, enferman, continúan analfabetos y ganan poco.

Hablemos claro: los niños son mantenidos en el trabajo porque los patronos se benefician con ello . Los patronos descartan a los adultos porque estos tienen una mayor capacidad contractual y por ende podrían obtener salarios más altos. Los niños por su parte, en su inocencia y en su debilidad, se plegan a las peores formas de explotación”.
 
Por esto Satyarthi sostiene que con el trabajo infantil no pueden establecerse pactos: ¡hay que eliminar el trabajo infantil! Con mayor razón aún debe ser eliminado el trabajo infantil en condiciones de esclavitud, y Satyarthi ha decidido dedicar su vida a esta plaga que en la India afecta a diez millones de niños.

Porque el fenómeno del trabajo esclavizado no afecta sólo a la India, sino que se extiende también por los países vecinos, en el año 1989 Satyarthi promovió una coordinación de todas las asociaciones del Asia Meridional que luchan por la liberación de los niños deteni-dos en esclavitud. La coordinación se llama SAACS y comprende asociaciones de Bangladesh, del Nepal, de la India y del Pakistán.

Los preparativos de la incursión

Satyarthi usa varias estrategias para combatir el trabajo esclavo. En primer lugar busca crear una sensibilización en la gente local y para alcanzar este objetivo organiza manifestaciones por la calle, encuentros, sentadas, cortes e incluso marchas. Por ejemplo, en el 1993 hizo junto a un grupo de niños una marcha de 2.000 kilómetros en parte a pie y en parte con los medios públicos precisamente en la región en la que hay mayor número de niños esclavos.

La otra iniciativa importante asumida por Satyarthi consiste en la organización de incursiones por sorpresa para liberar a los niños. Normalmente la operación parte de una petición realizada por los padres que han perdido a sus hijos. Procediendo con gran secreto, ante todo se buscan informaciones sobre el villorrio en el que se encuentran los niños y sobre el patrono que los tiene en esclavitud. Luego se pasa a la liberación propiamente dicha. He aquí el testimonio de un periodista que ha participado en una incursión (S. Wagstyl, The Child Victims of India's Slave Trade, “Week-end FT”, 20.12.1992):

“Estamos en Mirzapur, la capital de la industria de las alfombras indias. En los pasillos de la comisaria de policía se sientan algunos hombres. Algunos son campesinos que han viajado en autobús durante dias enteros dejando a sus espaldas sus miserables lugares de origen. Son todos 'intocables' analfabetos, miembros de la casta india más baja. Hace un año, esperando mejorar su vida, cedieron a sus hijos por 500 rupias. Habian recibido la garantía de que se les trataría bien y de que se convertirían en tejedores de prestigio. Pero la realidad resultó muy diversa. Hoy sus hijos se encuentran en esclavitud.

Los campesinos están preocupados, pero tienen confianza. El hombre en quien depositan sus esperanzas está con ellos. Se llama Kailash Satyarthi y tiene 37 años. Ha renunciado a la carrera de ingeniero electrónico para dedicarse activamente a lo social y, con gran pesar de su familia, incluso ha renegado de su casta bramánica para dedicarse a los derechos de los 'intocables'.

Satyarthi llama por teléfono a Suresh Kumar Singh, el magistrado local, que está obligado por ley a intervenir inmediatamente cada vez que hay una denuncia de esclavitud. Pero el magistrado no se encuentra. Sus colaboradores le hacen saber que ni siquiera puede ponerse al teléfono porque tiene demasiado trabajo.

Tras seis horas de inútil espera, Satyarthi decide pasar a la acción y, acompañado por sus activistas y por algunos periodistas, toma al asalto la comisaria de Singh, pero la encuentra vacía. El grupo no se da por vencido, y se sienta en señal de ocupación. En el colmo de la befa, tras la escribanía de Singh hay una pintada que ensalza la virtud de las buenas relaciones: “El mejor servicio de policía es el de las buenas relaciones”, se lee.

Más tarde llega un mensaje del juez que propone un encuentro en su casa. Se acoge la invitacitón y el grupo se pone en marcha. Ante su mansión, Singh les acoge sonriente, se excusa por el retraso, pero inmediatamente propone posponer el encuentro para el dia siguiente. Sin descomponerse, pero visiblemente irritado, Satyarthi rechaza la propuesta. Insiste a fin de que Singh o uno de sus colaboradores acompañe al grupo a que rescaten a los niños: 'Es su deber', insiste.

Singh pide conocer en qué villorrios se encuentran retenidos en esclavitud los niños y, en la línea de las mejores tradiciones burocráticas, promete hacer lo que pueda. Luego despide al grupo.

Nadie espera una ayuda concreta de su parte, pero -con gran sorpresa de todos- a la mañana siguiente pone a disposición un vicemagistrado y cuatro policías armados con viejísimos fusiles como dotación del ejército. El vicemagistrado no parece feliz con su papel. Quizá teme episodios de violencia que en semejantes operaciones puedan darse. Quizá no le entusiasme la idea de enfrentarse a los capos de la industria de las alfombras que en Mirzapur son una potencia. Sin embargo pide a uno de los padres que le cuente su historia.

Habla Paltan Ram y cuenta haber cedido por 800 rupias a su hijo Madan Lal, de ocho años, a un propietario de telares. Sólo más tarde se dió cuenta, junto a otros padres, de que quizá había perdido a su hijo para siempre. De hecho se le había impedido volver a casa y tener el menor contacto con la familia. Paltan Ram concluye que una vez intentó visitar a su hijo, pero fue rechazado por un hombre armado con un fusil.

La incursión

La comitiva está pronta para la misión y comienza el viaje. Dejamos la ciudad con un acompañamiento de gentes polvorientas y desalifiadas. A lo largo de la carretera encontramos las tiendas de los tejedores, en su mayor parte constituídas por barracas que funcionan en parte como habitáculo y en parte como taller. De cuando en cuando se ven grandes construcciones de muro, acaso talleres, acaso depósitos, pertenecientes a los exportadores que dominan el sector.

Según nos adentramos en el campo, la carretera se transforma en una pista de arena y los coches marchan en zigzag para evitar niños, animales y carros arrastrados por bueyes.

Los padres de los niños están sentados en silencio, con los rostros tensos y las manos cruzadas. Satyarthi confiesa estar preocupado: teme que alguien pueda haber advertido a los patronos de los telares y que se hayan escondido en alguna parte con los niños.

Después de un trecho avistamos los techos del primer villorrio y nos detenemos. Descendemos a la carrera y nos lanzamos a través de los campos de maíz hasta las chozas de barro rodeadas por árboles. Satyarthi va derecho a una que sobre el techo tiene un palo travesero, señal inconfundible de que dentro hay un telar. Satyarthi se precipita dentro y encuentra tres niños, pero pronto vuelve fuera gritando: “Deben estar aún, buscad. Buscad por todos lados”. Sus colaboradores se distribuyen por todo el villorio y por los campos circundantes. Encuentran otros tres muchachos. En total, seis. Satyarthi está desilusionado, pues esperaba encontrar al menos ocho. Falta aún el patrono del telar.

Satyarthi hace que el grupo vuelva a los coches: es esencial llegar al segundo villorio antes de que la noticia de la incursión llegue hasta allí. La acción se repite: llegamos lo más cerca posible del villorrio, apagamos los motores de los coches y nos precipitamos a la carrera hacia las barracas. Satyarthi corre dentro de un corral protegido por un muro de tierra coronado con pedazos de vidrio. Sabe que allí dentro hay barracas con telares. Pero es demasiado tarde: los muchachos que Satyarthi se esperaba encontrar no están ya.

Paltan Ram, el padre de Madam Lal, se desespera: 'Quiero morir', dice llorando y golpeándose la frente. Pero aun no se ha dicho la última palabra. Revisando una barraca situada a la otra parte del villorrio, encuentran al hombre que buscaban y lo traen ante el joven magistrado: 'Este hombre tiene en esclavitud a sus hijos, grita Satyarthi señalando a los padres. Tu tienes el poder de hacer un proceso sumario. ¿Que esperas para cumplir con tu deber?'. Mientras hojea un dossier que contiene todos los artículos de ley del trabajo infantil, clava la mirada en el patrón del telar y le dice: “Te juegas tres años de prisión”. El vicemagistrado parece aún más molesto. Mientras da vueltas a lo que hay que hacer irrumpe inesperadamente un siervo del patrón del telar con unos cojines para que se acomode. Luego desaparece y reaparece con te y bizcochos.

La lilberación

Durante más de una hora se sientan al sol mientras el magistrado, el patrón del telar y Sat-yarthi hablan y gritan entre ellos. Finalmente el patrón del telar cede y promete restituir a los niños. Parte acompañado del magistrado y después de media hora vuelve trayendo consigo a tres niños. Atemorizados saludan a sus padres, casi sin comprender lo que sucede en torno a ellos. Entre ellos está también Madan Lal.

Mientras padres e hijos se abrazan, el magistrado, con evidente reluctancia, arresta a Govind Singh, el patrón del telar. Satyarthi se encuentra radiante y vuelve al coche junto a todos los otros abrumados por los acontecimientos.

En Mirzapur los muchachos son interrogados por el magistrado de zona. Madan Lal es el más joven. El mayor tiene quince años y ha pasado cinco en el telar. Todos están delgados y algunos llevan encima las señales de la sarna.

En general los niños no se lamentan de la comida recibida: arroz, verdura y pan, más o menos como en los villorios. Pero hacen relatos terroríficos de los demás aspectos. Siempre han trabajado doce horas al día desde las seis de la mañana hasta las ocho de la tarde con tres pausas de media hora cada una para las comidas. No han tenido nunca ni un solo día de descanso: han trabajado siete días a la semana durante todas las semanas del año.

Raramente han sido dejados salir fuera de las barracas donde han trabajado y dormido. Uno dice: 'Eramos vigilados también cuando salíamos a hacer nuestras necesidades. El patrono no nos pagaba nunca y si ralentizábamos el ritmo de trabajo nos golpeba con el bastón. Una vez me corté con el cuchillo y el patrono me llenó la herida con azufre y le prendió fuego. Sentí enorme dolor, pero ahora estoy contento porque todo ha terminado,  añadió suspirando”.