La globalización y sus descontentos

Revista "Papeles", núm. 67 Junio, 1999

FRED HALLIDAY



La apertura de los flujos de capital sin restricciones, la debilidad del Estado frente a otros poderes, especialmente económicos, y una mayor desigualdad entre países y sectores sociales son algunas de las características de la denominada globalización. Por otra parte, cuestiones transversales a Ios Estados-nación, como la protección de los derechos humanos, la gestión del medio ambiente o la puesta en práctica de operaciones de mantenimiento de la paz indican que la comunidad internacional tiene intereses comunes que debe manejar de forma coordinada. ¿Es posible contar con un gobierno mundial o la formula adecuada y posible es la sqperposición de regímenes o sistemas de coordinación sobre cuestiones concretas? Partiendo de las idea de Immanuel Kant, el autor explora estos interrogantes, y propone un programa de trabajo para la democracia y para una izquierda renovada y adaptada al siglo XXI.

Los mejores trabajos de teoría política y social son a menudo los más cortos, y ninguno tanto como el texto de Immanuel Kant, Idea para una Historia Universal, que se escribió en 1784 hace, doscientos años: consta de trece páginas, y Propone una tesis que debería concernirnos a todos. En esencia, dice que la historia puede, y hasta cierto punto lo hace, moverse en una dirección progresiva que conduzca a una mayor cooperación entre los Estados legal y constitucionalmente constituidos, hasta alcanzar finalmente alguna forma de gobierno mundial o universal. Kant espera que "después de muchas revoluciones transformadoras, será a la postre una realidad ese fin supremo de la naturaleza, un estado de ciudadanía mundial o cosmopolita, seno donde pueden desarrollarse todas las disposiciones primitivas de la especie humana". Para ponerlo en términos actuales, un mundo de democracias liberales será un mundo sin guerras, y puede tender hacia la construcción de una comunidad política global y unificada.

Es una tesis audaz, que asume muchas cosas que no están probadas, pero no es totalmente inverosímil, ni en el Campo teórico ni en el histórico. Puede que se haya hecho un uso excesivo de la idea, debido a un triunfalismo noratlántico muy de moda, sin embargo representa un reto que puede, y debe llamar nuestra atención. A la vista de todos los problemas urgentes que tenemos, necesitamos recordar el argumento de Kant de que la humanidad tiene la capacidad de crear un orden internacional mejor, más estable, más democrático y más próspero. Podemos y debemos discutir que formas de gestión o de crítica pueden impulsar este proyecto. Estamos, aun muy lejos de lograrlo, pero el mero hecho do reconocer la distancia que nos separa de este objetivo debería alentamos para afrontar el mundo con un espíritu más crítico y con mayor determinación.

Volvamos a nuestro problemático presente. Los acontecimientos ocurridos en los últimos años han puesto otra vez de manifiesto la prepotencia tanto de comentaristas políticos como de analistas académicos: diez años después del final de la Guerra Fría y de la proclarnación de un nuevo mundo de paz, de democracia y de prosperidad, el sistema internacional se encuentra en un punto de incertidumbre e incluso de crisis. Guando cayó el muro de Berlín, el académico israelí, y antiguo general, Yehoshufat Harkabi dijo que esto representaba el final de dos ideologías, en el Este, el marxismo-leninismo y en el Oeste, la ciencia política; diez años después, nosotros podemos añadir a esto, la economía ortodoxa neoliberal. Las certezas de los primeros años 90 han dado paso a tensiones comerciales y financieras, a las que se suman las actuales confusiones intelectuales. En varias partes del mundo estos problemas económicos van unidos a crisis de seguridad que amenazan la paz en los Estados y entre ellos. Al mismo tiempo existe un grado de incertidumbre intelectual, no solamente sobre cómo resolver problemas de ahora, sino también respecto a la dirección que debe tomar la vida social y política. Lo que parecía obvio hace un siglo, o incluso hace dos décadas, ya no lo es. Esta confusión resulta evidente en la diversidad de respuestas manifestadas a los acontecimientos ocurridos a finales de los años 80 y en los 90-. Estas van desde el optimismo que proclama un nuevo orden mundial, o un final de la historia, hasta el análisis en términos de una fragmentación de los Estados modernos, una nueva edad media. Las críticas de la izquierda subrayan el grado de desigualdad en el actual proceso de globalización, mientras que desde la derecha se aplaude la constante capacidad del sistema internacional para generar conflictos. Estas discusiones intelectuales recuerdan en algunos aspectos a las del siglo pasado. A finales del siglo anterior el mundo vivía un gran optimismo y el éxito económico de la belle époque: pocos años después estaba sumergido en una guerra mundial, una convulsión de la que surgieron las crisis posteriores del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. A la crisis del sistema internacional de 1914 le precedió un nivel de globalización nunca antes conocido en el Campo del comercio, la apertura de mercados y la inversión directa extranjera. Ese proceso debería servirnos de advertencia. Nuestra propia belle époque presenta nuevos retos, no sólo los relacionados con el armamento nuclear y las catástrofes medioambientales, sino también con nuevas formas de conocimiento y responsabilidad política.

Quiero poner de manifiesto que, mientras que el triunfalismo neoliberal de los años 90 ha demostrado estar vacío; el resultado no tiene por qué ser catastrófico. Si el mayor peligro intelectual, sobre todo para los países de la OCDE, es la complacencia, el mayor peligro político es el fatalismo, o el pesimismo global. Nosotros contamos -como individuos, movimientos políticos, Estados, participantes de gobiernos globales, tanto en Europa Como en América Latina- con opciones para controlar el entorno internacional actual. Las posibilidades para una acción racional y colectiva siguen abiertas. Me gustaría analizar este tema tomando en consideración tres dimensiones del actual sistema internacional que, a pesar de estar separadas, se interrelacionan: las secuelas de la Guerra Fría, las tensiones de la globalización, los retos para los Estados y la gobernabilidad.

Las secuelas de la Guerra Fría

El final de la Guerra Fría, en 1989-1991, fue el tercer gran acontecimiento de la historia del siglo XX: representó un cambio tan drástico en las relaciones mundiales , como lo fue tanto el final de la Primera, Como de la Segunda Guerra Mundial. Varios procesos se derrumbaron por esta rápida, inesperada y en gran parte pacífica transición: el final de la estrategia armamentística nuclear, que había proyectado su sombra sobre toda la humanidad y que tuvo su momento más dramático en octubre de 1962 (crisis de los misiles en Cuba). Fue también el final del gran Conflicto de poder que había dominado el mundo durante cuarenta años; el final de un conflicto ideológico en el cual, con toda la retórica y el oportunismo que suponía, dos sistemas sociales rivales buscaban la hegemonía en el mundo; sistemas que siguieron luchando, sobre todo en América Latina, con agudos conflictos sociales que costaron la vida de cientos de miles de personas; la constitución Como Estados de veinte nuevos países resultado de la escisión de Estados multinacionales, como consecuencia de la crisis del poder comunista.

Las causas del colapso del comunismo, y las lecciones más amplias que deben ser aprendidas sobre el experimento que se proponía la transformación de la sociedad de forma intencionada y utópica, será objeto de debate durante largo tiempo. El colapso fue, en parte, el resultado de la propia globalización, de la presión de un modelo de capitalismo desarrollado, comparativamente más exitoso frente a unas sociedades socialistas autoritarias y estancadas, tanto intelectual Como cultural y económicamente. Pero la correlación del colapso comunista con la globalización es solamente parcial: el cambio social en los Estados comunistas, resultado, por lo menos en parte, del éxito del comunismo en educación y progreso social, y una pérdida de voluntad política por parte del liderazgo soviético, es igualmente importante.

Las consecuencias de este colapso en las relaciones internacionales se podrían dividir en al menos cuatro amplias categorías. Primera, la seguridad internacional: el mundo es un lugar mucho más seguro de lo que lo era hace dos décadas. La perspectiva de aniquilación nuclear de la humanidad ha disminuido; este es el resultado más importante del final de la Guerra Fría. Sin embargo, todavía quedan otros problemas. La seguridad del gran arsenal de materiales nucleares, biológicos y químicos no está clara en la antigua URSS. Los actuales controles, tanto nacionales como internacionales, son inadecuados. Un pequeño fallo en la seguridad con relación a estos materiales podría tener consecuencias internacionales muy serias. Al final de la carrera nuclear entre EE UU y Rusia le ha seguido una competición nuclear en otros lugares: en 1998, en el acto internacional más irresponsable de la década, India y Pakistán -que tienen una fuerte tensión violenta sobre Cachemira- han hecho uso de las armas nucleares. Los Estados de Oriente Medio tomaron nota, sobre todo de la débil y evasiva respues-a internacional. En el Lejano Oriente, mientras que el poder militar ruso y estadounidense disminuye, existe el peligro de que la rivalidad entre China y Japón aumente, con la participación de otros países poderosos como Corea y Taiwan. No debemos olvidar que los primeros disparos en las guerras mundiales del siglo veinte tuvieron lugar en el Lejano Oriente, en la guerra Chino-Japonesa de 1894. Tan solo podemos esperar, pero no podemos estar seguros; de que la ruptura nuclear entre India y Pakistán no sea su equivalente en los años 90.

Mientras que la confrontación estratégica y militar entre las grandes potencias ha disminuido de intensidad, en el futuro inmediato podrían continuar conflictos regionales más limitados. En Oriente Medio, el mayor importador de armas de cualquier región del tercer mundo, y con el gasto per capita m6s alto en arma-mento de cualquier otra región (por encima del 6% del PIB, tres veces superior al de América Latina), una serie de rivalidades peligrosas y superpuestas continúan. Irak sigue enfrentado a la comunidad internacional: ya invadió a dos de sus veci-nos, Irán en 1980, con la muerte de un millón de personas, y Kuwait en 1990. Todos deseamos ver que Irak, un país con gran potencial económico y humano, reanude unas relaciones normales con sus vecinos, y el mundo. Pero equivocarse sobre los peligros; que actualmente encarna no sirve a los intereses internacionales de la paz y la justicia.

En Africa, donde el optimismo sobre la política y el desarrollo económico creció al principio de los años 90, se desencadenaron vanas guerras sangrientas con un carácter cada vez más regionalizado; en el Cuerno de Africa, dos Estados revolucionarios, Etiopía y Eritrea están preparándose para otra guerra a gran escala, a pesar de los grandes esfuerzos de la comunidad internacional para reconciliarlos y contenerlos. En Ios Balcanes, existe una paz precaria en Bosnia y ha estallado la guerra por Kosovo; en la primera se puede mantener la situación actual incluso sin un compromiso significativo. El efecto de la carrera armamentística, de la guerra civil y de la guerra internacional regional está acompañada de otra consecuencia del final de la Guerra Fría; la inundación del mercado mundial de armas ligeras que ningún estado controla y que agudizan muy seriamente los conflictos existentes. El tema de la paz y la seguridad internacional, la cuestión más *antigua en las relaciones internacionales, está por tanto muy lejos de ser obsoleta.

La segunda consecuencia del final del comunismo ha sido la nueva configuración del mapa internacional. Durante los cuarenta años de la Guerra Fría el mapa mundial se mantuvo relativamente estable: los países se independizaron de las normas e imposiciones coloniales, pero, a excepción de Bangladesh, no hubo una revisión de las fronteras de cada país. La consecuencia más obvia del final del comunismo ha sido la fragmentación de cuatro países -la URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia y Etiopía. Para algunos, especialmente en Europa, esto presagió una nueva revisión de fronteras estatales. Se habló de la llegada de la "amebización" postmoderna de los Estados, que se fragmentarían en cientos o miles. Pero ha habido fragmentación sólo donde el poder comunista llegó a una crisis terminal. En España, Canadá, Tíbet, la configuración del Estado se ha mantenido. Por tanto si en el futuro vamos a enfrentarnos a una crisis de los actuales Estados no será debido a los cambios producidos por el final de la Guerra Fría, sino que deberá adjudicarse a las nuevas formas de hacer política, y gestión económica, unido a la globalización y subsidiariedad. Yo, personalmente lo dudo, pero podemos mantener una mente abierta. Sin embargo, deberíamos tener claro que, a pesar del debate y la reflexión, durante más de 100 años, sobre los derechos de secesión y este problema en general, no estamos más cerca de alcanzar unos determinados principios, legales y políticos de lo que lo estábamos entonces. En este siglo han sido posibles algunas secesiones pacíficas -Noruega y Eslovaquia son casos paradigmáticos-, pero el proceso actuales pragmático en sí mismo y generalmente violento. Quiero añadir que, basándonos en la evidencia histórica, la fragmentación de los Estados debería ser el último recurso.

Centrarse únicamente en la secesión podría inducirnos en error. Mucho más importante que la fragmentación de los Estados ha sido otra dimensión de los nuevos mapas: la fusión de Estados, como en Alemania y Yemen donde ya ha ocurrido. China y Corea, donde está empezando y donde inevitablemente ocurrirá. Estas uniones no sólo crean fuertes economías, sino que además Ilevan a una revisión de los equilibrios de poder regional. En la historia, la independencia de Georgia, Uzbekistan, Macedonia y Eritrea pesarán mucho menos que los cambios tectónicos que han acompañado la unificación de los Estados divididos por el comunismo. Alemania es ahora el poder económico dominante en Europa y antes o después llegará a desempeñar un papel preponderante en el campo de la seguridad. China, con un índice de crecimiento del 8% anual y un cuarto de la población mundial, dominaró el Este Asiático.

Estos procesos de redibujar los mapas nos hacen pensar en otra consecuencia del final del comunismo, potencialmente explosiva y con enormes implicaciones para los modelos de gestión económica: las tensiones de la transición. En los países donde el poder del comunismo se ha roto, la transición hacia los sistemas de mercado libre ha estado acompañada de una enorme confusión social y económica. Sin embargo, los países del Este más avanzados dan la impresión de poder manejar la situación, incluso si, como en Alemania del Este, ésta viene acompañada de desindustrialización, desempleo y aumento del descontento social. En cambio, en la antigua URSS y en los países del Este menos avanzados, la transición ha sido catastrófica y ha dado lugar al colapso de los estándares económicos y sociales, a un mayor nivel y durante más tiempo que el colapso de la guerra: una caída de un 40% en la renta, el aumento de la criminalidad, el derrumbe del estado de bienestar, la corrupción y, para colmo, el fracaso en general de las elites políticas postcomunistas. De todos los antiguos Estados europeos y soviéticos, sólo uno, Polonia, tiene ahora un PIB más elevado del que tenia en 1989.

Según el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, las economías de la antigua Unión Soviética disminuirán otro 5.5% en 1999. Además de la miseria humana que esto conlleva, resultado de una reforma precipitada e irresponsable y de la corrupción do las elites políticas, esta degeneración amenaza con tener consecuencias internacionales a largo plazo, con el aumento de un nacionalismo radical unido al declive económico y a la inestabilidad política. La consecuencia de esta falta de responsabilidad política afecta no solo a la gente que sufre en Rusia: los 22.000 millones de dólares que se dieron a Rusia en julio de 1998 no resolvieron el problema de deuda del país, si se considera que los casi 5.000 millones de dólares que se le habían concedido antes desaparecieron rápidamente.

Esto no es por supuesto aplicable a los piases que llevan más retraso en la transición política: China, Corea, Vietnam y Cuba. En todos estos países, sin embargo, ya se evidencian las restricciones de la transición económica. Cuba y Corea del Norte están soportando un declive en sus niveles sociales y económicos. En China se están produciendo enormes tensiones regionales y urbanas- rurales, que en el futuro desembocarán seguramente en una crisis política. Los Estados de un solo partido no pueden durar siempre. Las implicaciones en la política y en la gestión de las relaciones internacionales son preocupantes. Cuando China entre en su crisis política, como tiene que ocurrir, todo el mundo lo sabrá. Con respecto a América Latina sigue habiendo una gran preocupación por Cuba, donde el embargo de EE UU, unido a la parálisis política, ha Ilevado a los cubanos a padecer escasez. Podemos tener la esperanza de que en Cuba la transición sea pacífica y rápida y logre conservar los aspectos positivos de la Revolución, en lo que se refiere a independencia, dignidad nacional y medidas socioeconómicas. Las lecciones de otras transiciones, sin embargo, no nos animan a tener estas expectativas.

Esto me conduce a la última consecuencia del colapso del comunismo: su impacto intelectual; esto es, el descrédito de la creencia en una sociedad alternativa, revolucionaria, planificada y postcapitalista. Los analistas políticos han dicho mucho al respecto. Jorge Castañeda en América Latina, en su Utopía Inerme; Françoise Furet, que escribió sobre el final de la ilusión comunista, y que las políticas occidentales ya no pueden seguir siendo una coartada para el futuro, ya que estamos condenados a vivir en el presente; Francis Fukuyama en una reformulación de Hegel en su El final de la Historia. Es un debate serio, que las criticas superficiales a estos escritores rechazan con demasiada facilidad. El comunismo y todos los proyectos utópicos afines al socialismo autárquico, la revolución popular, los dorados años islámicos y las repúblicas campesinas y similares, que eran parásitas del modelo bolchevique, descansaban en un error fundamental de interpretación de la historia moderna. No creyeron cierto que el capitalismo estaba preparando su propia sustitución, que iba a ser su propio sepulturero, y que se podía construir una alternativa, un orden postcapitalista. Nunca han sido más dramáticamente demostrados los límites do la razón, relacionados con un proyecto político colectivo, y nunca a un coste humano tan algo. Acierta Fukuyama al decir que en el mundo contemporáneo no hay ninguna gran idea alternativa a la de la sociedad democrática civil, aunque se equivoque al considerarla una continuidad necesaria, o al suponer que todo el mundo o incluso la mayoría de las sociedades puede alcanzar y sostener dicho sistema político.

Sin embargo, sería igualmente incorrecto considerar el experimento comunista, que abarcó a más de un tercio de la humanidad, como un simple error o como una aberración. Millones de personas se rebelaron, lucharon y murieron por construir un orden alternativo frente al insoportable sistema de entonces; el capitalismo de la modernidad de la época; un capitalismo bélico, opresivo, desigual y manipulador, lo que llevó a concebir el comunismo, no solo como ideal, sino también como un reto. A menos que también el capitalismo aprenda de ese error y corrija las desigualdades que causa en todo el mundo -mucho más graves que las de hace cincuenta o cien años- se verá confrontado en el futuro con otros retos, costosos y últimamente frustrados. En este sentido es fundamental reiterar y recordar la lección de la complacencia de la belle époqoe, ya que ninguno de los demonios de la historia del siglo veinte -guerra, hambrunas masivas, exterminaciones étnicas, revolución- han desaparecido del todo de nuestro mundo. A no ser que haya políticas suficientemente inteligentes y decididas, y que se pongan en práctica, todos estos demonios podrían volver a tener un papel importante en el tercer milenio.

La globalización

Durante los últimos años, la globalización se ha convertido en el tópico de la economía internacional y de los análisis políticos. Es evidente que algo significativo novedoso está ocurriendo. La liberalización del mercado ha venido acompañada de un aumento del volumen del comercio mundial como proporción directa de la producción; el volumen de dinero que se ha movido en los mercados de divisas ha aumentado de 190.000 millones de dólares diarios en 1987 a los casi 1,2 billones de 1995; las inversiones extranjeras directas en las economías emergentes han pasado de 50.000 millones de dólares en 1990 a 250.000 millones en 1998. El mundo se va incorporando cada vez más a este sistema y se podría decir que se siente subyugado por los caprichos del mercado. En el campo de la tecnología hemos presenciado la sorprendente expansión de las formas do comunicación por satélite y de Internet. En el ámbito político, estamos asistiendo a una mayor integración de bloques comerciales, -en la Unión Europea y en Mercosur- y la creación de nuevas entidades de gestión económica global, en especial la Organización Mundial del Comercio. Todo esto viene acompañado de un aspecto clave que cambiará en las relaciones internacionales, es decir, un cambio en el poder del Estado. Independientemente de lo que implique, la globalización Ilevará a una reducción significativa en alguno de los poderes tradicionales del Estado, en lo que se refiere al control de los flujos comerciales y financieros, la regulación de los tipos de interés y tipos de cambio, la construcción de una cultura nacional, la limitación del flujo de mercancías, entre éstas, los narcóticos y las armas ligeras. En este sentido, la globalización se suele asociar a formas de ingobernabilidad política.

Un análisis particularmente agudo sobre este impacto del cambio global se puede encontrar en el trabajo de la fallecida Susan Strange, economista, especialista en política internacional y antigua colega. Su propuesta es que el poder es cada vez más estructural y no se basa en unidades, por ejemplo, no está centrado en los Estados. Strange identifica cuatro estructuras de poder en el mundo contemporáneo: la seguridad, la producción, la economía y el conocimiento. Solo -la primera, la seguridad y cada vez menos, está monopolizada por los Estados. Las tres restantes son estructuras impersonales que afectan a los Estados, a las grandes compañías multinacionales y a los individuos, en formas que los entes sociopolíticos, Estados incluidos, encuentran difícil de controlar.

Sin embargo, hay que ser cautos en el análisis de este proceso. Por un lado habría que dejar claro qué significa, y por otro ver qué novedades implica. La globalización, en términos económicos, puede significar varias cosas: medida para impulsar la liberalización del mercado, incremento en los porcentajes del comercio respecto al PIB, aumento de la inversión directa extranjera como porcentaje del PIB, es decir, en proporción a la inversión global en un país.

Todos estos procesos son distintos y hay que considerarlos desde una perspectiva histórica.
Una de las características de la globalización, la posibilidad de transmitir información e instrucciones financieras entre continentes, ha existido desde que se tendieron los cables transatlánticos en la década de 1860. Por lo tanto, es la política, y no la tecnología, la que ha limitado los flujos. El crecimiento de un mercado global, continuo, abierto veinticuatro horas al día y capaz de mover grandes cantidades de dinero, es producto del fracaso del sistema de Bretton Woods cle principios de los años 70, fecha en la que se podría fijar el inicio de la globalización de hoy. Sin embargo, la liberalización del mercado actual, en los países desarrollados sólo en los últimos diez años ha logrado superar los niveles del periodo anterior a 1914. Casi todo el comercio es interior, o con otros países desarrollados. El papel del Estado en la economía sigue siendo muy fuerte. En los países de la OCDE, la participación del Estado es muy alta, situándose por encima del 45% del PIB, sin haberse producido un descenso importante desde principios de los años 80.

El Estado ha perdido algunos de sus poderes tradicionales, y en algunos de los países más débiles ha dejado de realizar las funciones mínimas de modernización. No obstante, la mayoría de los Estados todavía mantienen el poder, y en algunos casos lo han aumentado. El Estado tiene instrumentos muy poderosos para promover la investigación científica dentro de su propia sociedad, para regu-lar el mercado y para imponer condiciones para la inversión, así como para la importación y exportación de capitales. Las discusiones actuales sobre el control de la inestabilidad financiera, tomando como ejemplo la reciente política chilena, muestran cómo los Estados pueden manejar la afluencia de capital y limitar los flujos especulativos a corto plazo. En algunos aspectos, hoy el poder del Estado es mayor, más intervencionistas que nunca; por ejemplo, en la regulación de cuestiones medioambientales, en alimentación, en hábitos personales tales como fumar, en la vigilancia, todos ellos, por otro lado, rasgos del mundo contemporáneo. En muchos casos vemos países que cooperan o que forman organizaciones internacionales para regular la economía mundial, hay que tener en cuenta, sin embargo, que dichas organizaciones son producto de los propios Estados y carecen por tanto de una autoridad supranacional sobre ellos. Cuando plantean sugerencias de carácter supranacional nunca tienen éxito, tal como demuestra la propuesta de un Ejército de la ONU para el mantenimiento de la paz, o la de un minúsculo cambio en el sistema tributario europeo.

Los Estados tienen amplios poderes a la hora de perfilar sus propias sociedades. Este es el caso de Singapur, que en espacio de una generación y con una población de 4 millones, se convirtió en el productor de la mitad de todos los discos informáticos duros del mundo. Paul Kennedy ha señalado, tres Areas clave para las actuaciones políticas y económicas del Estado, en las que el poder nacional sigue teniendo la supremacía: la educaci6n, la participación de las mujeres en la vida pública, y la dualidad de liderazgo- político). A esto se puede añadir, por ejemplo, una buena forma de gobierno, es decir honesta y competente. El fracaso en cualquiera de estas áreas, tanto en pequeños como en grandes Estados, no puede ser adjudicado al mercado mundial o a las conspiraciones extranjeras. Si hay un déficit de liderazgo político en el mundo, en sus múltiples formas, no es debido a factores estructurales, a tendencias globales o a la postmodernidad, sino a deficiencias individuales y nacionales.

La claridad histórica y analítica, combinada con la observación del mundo contemporáneo, nos lleva a considerar bajo tres aspectos fundamentales cualquier modelo de economía global no regulada. En primer lugar, la idea de un mercado sin un cierto grado de regulación estatal es, y siempre ha sido, un mito. Los Estados han jugado un papel esencial a la hora de garantizar la seguridad que el comercio, las finanzas y la propiedad necesitan, a la hora de regular la legislación bancaria y comercial, de cobrar impuestos a personas físicas y jurídicas, de disponer y controlar aproximadamente de un 40% del producto nacional. Las políticas del Estado y sus objetivos siguen teniendo un papel central cuando se trata de determinar las expectativas del mercado: ningún especulador, incluyendo los que operan offshore (fuera de sus fronteras), ignora los resultados electorales, las crisis políticas o las declaraciones del Gobierno sobre política económica. El mas nebuloso de todos los factores, la credibilidad de los lideres políticos, tiene unas consecuencias económicas inmensas, tal como han demostrado los hechos sucedidos el pasado año en varios países. Del -mismo modo, aquellos que sufren dificultades económicas vuelven una y otra vez al Estado y a sus instituciones financieras asociadas en busca de apoyo. Hay dos ejemplos recientes en EE UU quo lo demuestran; por un lado, la ayuda a largo plazo al capital financiero, y la intervención de Clinton para limitar las importaciones de acero barato.

Otros dos ejemplos ponen de manifiesto los límites del mercado del petróleo: en primer lugar, las diferencias en los precios del petróleo entre algunos países (en EE UU es menos de la mitad que en Gran Bretaña o en Francia, y un tercio respecto a Noruega); 12 y, la diferencia -de aproximadamente 2:1- entre los precios europeos y estadounidenses de equipos informáticos. La cuestión no está en elegir entre el Estado y el mercado, sino qué combinación de ambos. La propa-ganda neoliberal lo ignoró, ya que o bien propuso un modelo de actividad económica pura, impracticable, o entró en una paranoia irresponsable, popularizada por Von Hayek, que no fue capaz de distinguir entre la intervención de un Estado democrático que regula y la abolición del mercado de corte totalitarista. No se trata sólo de elección política, sino de cómo alcanzar un objetivo consensuado. La. economía, tal como afirmaron Adam Smith y otros economistas clásicos, inevitablemente implica una elección moral. Este es el tema por el que es más conocido el ganador el premio Nobel de economía, Amartya Sen.

En segundo lugar, los acontecimientos que han ocurrido en los últimos meses han puesto en evidencia algo que de haber estado razonablemente familiarizados con la historia de la economía no habríamos olvidado, es decir, la inestabilidad de los mercados. Se trata de un tema central de la economía política clásica y de la historia económica, desde el punto de vista de los ciclos capitalistas de las teorías de Marx, o del trabajo de Schumpeter y Polanyi sobre la reacción excesiva ejercida sobre los mercados y de las relaciones Estado-mercado. Entre otras vanidades manifestadas en el siglo XX, una ha sido la de creer que el capitalismo moderno podía superar estas inestabilidades. A los ciclos de aumento y descenso de la producción, se le pueden añadir ahora los ciclos intensificados por la globalización, en términos de liberalización y mercados electrónicos, inestabilidad de los mercados de divisas y, más seriamente, los fondos de inversión. No es una aberración ni tampoco resultado de la presencia aquí de los bancos tailandeses, ni del corrupto liderazgo ruso allí. La inestabilidad es sistémica y requiere una respuesta igualmente sistémica: toda crisis financiera se puede evitar, lo que no puede evitarse es la repetida incidencia de dichas crisis.

En tercer lugar, los procesos asociados a la globalización, y la inestabilidad que los acompañan, han llevado a una desigualdad cada vez mayor en el mundo contemporáneo, debido a su fuerte impacto económico. Cifras publicadas por la UNCTAD (Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) indican que de 1965 a 1990 la cuota de renta mundial que pertenecía al 20% de los más ricos aumentó de un 69% a un 83%. En 1965, la renta media per capita del 20% más rico, fue 31 veces superior respecto al 20% más pobre; en 1990 esta cifra se había multiplicado por 60. De acuerdo con el UNDP (Programa de Naciones Unidas sobre Desarrollo), ha habido un sorprendente aumento en los precios y el consumo público: seis veces superior desde 1950, y dos veces superior desde 1975, a un total actual de 24.000 billones de dólares en todo el mundo. En este sentido, la promesa del capitalismo de suministrar un volumen mayor de bienes y servicios se ha cumplido, pero hay que tener en cuenta que un 86% del gasto total se reparte entre el 20% más rico de la población mundial, mientras que al 20% más pobre sólo le corresponde un 1,3%. Tres quintas partes de los 4.400 millones de personas en los países en vías do desarrollo carecen de la sanidad básica. A medida que lo que constituye riqueza y comodidad aceptable y burguesa (incluyendo dos semanas de vacaciones, una sauna, sushi y equipos informáticos y de audio) se extiende, el resto de la humanidad se queda cada vez más atrás y es consciente de ello. La realidad y la percepción de la desigualdad en el mundo contemporáneo es la mayor debilidad de la globalización y la que a largo plazo contiene el mayor riesgo de conflictos en y entre Estados.

Esta continua y creciente desigualdad debe determinar hasta qué grado se puede o no hablar de globalización mundial. Si la mayoría de los habitantes del planeta no tiene acceso a los bienes de la globalización, entonces significa quo tenemos un sistema oligárquico cada vez más desigual, en el que la globalización fomenta la existencia de elites. Hay dos ejemplos muy obvios. El primero se refiere al trabajo. Así como el capital es cada vez más móvil, no sucede lo mismo con el trabajo, otro factor de producción. Existe una gran migración hoy, pero en los países desarrollados hay una determinación para limitarla; de hecho, nunca había sido tan difícil vivir y trabajar en los países de la OCDE, para gente que no pertenece a las elites, es decir a los países más favorecidos. El segundo ejemplo se refiere a la tecnología de la información. Se trata de la quintaesencia misma de la globalización, objeto de batallas cada vez más duras y amargas por el control del monopolio y por una hegemonía cultural de una sola lengua que prevalezca sobre todas las demás.

Esta creciente jerarquización, así como la inestabilidad de los mercados, no es algo temporal, o casual; a menos que no se intervenga de forma decidida y deliberada, esta característica de la globalización también promete inestabilidades en el futuro. Al mismo tiempo, y en contraposición a la hipérbole sobre la novedad de este proceso, pone de manifiesto la rigidez que subyace en la distribución de la riqueza en el mundo moderno. Tal como ha señalado Giovanni Arrighi, el grupo de los países más ricos, aunque modificando su jerarquía interna, ha permanecido prácticamente igual durante el último siglo y sólo un país, Japón, ha entrado como nuevo miembro de pleno derecho. Esta jerarquía por sí sola debería hacemos reflexionar sobre la difusión de la globalización o la habilidad de un sistema económico mundial basado en el mercado para distribuir la riqueza y repartir los beneficios y oportunidades a sus miembros más afortunados.

Gobernabilidad global

El tercer aspecto del mundo contemporáneo que requiere consideración es la red de instituciones, gubernamentales y no gubernamentales, que comprende la gobernabilidad mundial, por ejemplo, la regulación de la globalización. En contraste con el ideal de gobierno global, que propondría un centro de autoridad único, cada vez mas centralizado, la gobernabilidad sugiere un conjunto de instituciones con menos poder total, que se superponen, y que con competencias diferentes pueden gestionar el sistema internacional. En el centro de este sistema, desde 1945, est6 la ONU; pero, incluso aquellas instituciones financieras que pertenecen formalmente al sistema de la ONU, tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Fondo Mundial, actúan en la práctica de forma independiente. La recientemente creada Organización Mundial del Comercio (OMC) no forma parte del sistema de la ONU, como tampoco algunos organismos independientes, pero con gran influencia, como el G-7.

El ideal de gobierno global, ha pasado, en efecto, por una triple revisión desde su concepción inicial en la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, más que una centralización hay una difusión de la autoridad. En segundo, el poder de los países más fuertes o más ricos es ahora más explícito en las áreas de la seguridad o en la economía. En tercer lugar, de la concentración en el Estado individual, característica de la ONU, se ha pasado a una visión de gobernabilidad, y de sociedad civil, de la que forman parte los agentes sociales (organizaciones de derechos humanos, multinacionales, agencias medioambientales, movimientos sociales, etc.). El actual sistema de gobernabilidad es diverso y en constante cambio. Es en parte efectivo y en parte retórico y algo anticuado. Algunos intentos por mejorarlo, como por ejemplo, durante al 50 aniversario de la ONU, han fracasado. Pero no podemos prescindir de ello, o quedarnos con lo negativo -en los campos de la economía y de la seguridad para así abandonarlo.

El sistema de gobernabilidad global se apoya en cuatro niveles de autoridad y ejecución que se pueden identificar: los Estados; las instituciones internacionales de cada Estado, los movimientos sociales y la sociedad civil y las organizaciones no gubernamentales; y, en el centro, los ciudadanos, como individuos. Ninguno puede funcionar sin el otro. Empezamos por el segundo nivel. Durante los últimos años se ha empleado un gran esfuerzo en reorganizar y hacer más efectivo el sistema de organizaciones internacionales. Se pueden apreciar algunos éxitos: el capítulo comercio en la Unión Europea es un éxito muy notable, a pesar de las dudas actuales respecto a la moneda única y al persistente y enorme desempleo; Mercosur y APEC (Cooperación Económica Asia Pacifico) están desarrollando su integración comercial, si no su integración política y monetaria. La OMC está imponiendo nuevos estándares de integración comercial.

Hemos visto, como respuesta a las crisis del año pasado, un grado de coordinación sin precedentes entre antiguas organizaciones gubernamentales, en especial el FMI y el Banco Mundial y nuevos organismos como el Grupo de los 7, respecto a la administración de las finanzas globales. El paquete del G-7, anunciado el 30 de octubre de 1998, contiene una ambiciosa. mezcla de políticas a corto y largo plazo, diseñadas para estabilizar los mercados. Aún es demasiado, pronto para decir si funcionarán, pero hay un reconocimiento, un cambio, en las formas de pensar de los políticos y también de los académicos, respecto al fracaso, del modelo neoliberal. También hay cambios significativos en otras dos áreas: en el campo de las leyes humanitarias internacionales (no sólo aumentan los estándares internacionales, sino que además se ha creado el Tribunal Penal Internacional); en el Area de la seguridad en Europa. En este campo tenemos un estupendo -quizá demiasiado elaborado- ejemplo del exceso de intervención de las instituciones gubernamentales. Existen al menos once cuerpos responsables de la seguridad y la paz de Europa, y en el caso de algunos organismos su capacidad de actuación abarca desde Vladivostok hasta Vancuver.

Todo esto resulta alentador hasta cierto punto. Sin embargo, hay cuestiones para meditar. Primero, el sistema de la ONU, de gobierno y gobernabilidad, ha sido sometido a una dura prueba en el mundo después de la Guerra Fría. Las principales respuestas a la agresión entre Estados -en Kuwait y en Bosnia- han puesto de manifiesto la autoridad debilitada de la ONU. Fueron las grandes potencias, los denominados "capaces y determinados", quienes finalmente decidieron asumir la responsabilidad de actuar, con una autorización poco precisa y bastante indulgente por parte de la ONU. Ante la ausencia de un papel creíble de la ONU en el ámbito de la seguridad, y ante la incapacidad de los europeos para actuar de forma cohesionada. en este ámbito, para mantener la paz se ha reciclado a una institución de la Guerra Fría, la OTAN.

En segundo lugar, el sistema de gobierno universal poco o nada tiene que decir respecto a lo que yo he identificado como el mayor de los problemas del mundo contemporáneo; la creciente desigualdad. En los años 60 y 70 se hizo un intento para introducir una reforma institucional de la economía mundial, en el Nuevo Orden Económico Internacional. Pero si se mira hacia atrás, hacia los objetivos de esas campafias -ayuda Norte-Sur, reforma monetaria, apertura de los países de la. OCIDE a las exportaciones de los países del tercer mundo, códigos sobre inversiones- no se ha conseguido ninguno de ellos. Se puede argumentar que otro enfoque, el del cambio neoliberal ha funcionado en los nuevos países industrializados, en términos cle crecimiento e inclustrialización, casi inconcebible en los años 70. Este modelo, sin embargo, no es una demostración del neoliberalismo. En primer lugar porque nunca fue un modelo de mercado libre, sino que estaba basado en una forma de mercantilismo, con una fuerte intervención estatal en inversión, investigación y educación; además también tiene puntos débiles, que, como hemos visto, son muy importantes; debido a la falta de reformas institucionales.

El tercer campo, inimaginable hace 20 años, es el del medio ambiente; y aquí los logros de un gobierno universal son limitados, por no decir ilusorios. La sensibilización mundial ha aumentado extraordinariamente, se han organizado múltiples conferencias y las ONG se han movilizado. No obstante, como alguien que, a pesar de no ser un científico, está muy convencido de la seriedad del tema, tengo que decir que la respuesta es inadecuada, es demasiado insignificante, Ilega demasiado tarde y depende demasiado de la negociación política. Si es cierto que la humanidad está destruyendo el entorno físico y atmosférico en el que vivimos, entonces la irresponsabilidad, fruto de la negligencia de los habitantes de los países ricos, y que está debilitando la competencia interestatal Norte-Sur, es incalculable. Ninguna conferencia -Rio, Kyoto, Buenos Aires o cualquier otro lugar- va a detener a la industria del automóvil, a los productores de petróleo, o a los 5.000 millones de personas que aspiran a un estilo de vida que supone un aumento del consumo energético y la generación de cada vez más deshechos. Espero estar equivocado, pero mi instinto me dice que estamos metiéndonos en una catástrofe que ninguna forma política de gobierno, ni ningún Estado, está predispuesto a resolver adecuadamente.

Esto me conduce a la tercera y cuarta fase del sistema de gobierno mundial, de los movimientos colectivos, la sociedad, las ONG, y los ciudadanos. Las ONG han jugado y jugarán un papel central en la gobernabilidad global, en sacar a la luz nuevos temas, en ejercer presión sobre los Gobiernos y en relacionar movimientos por encima de las fronteras. En esta época individualista debemos recordar una lección histórica: el mundo que tenemos ahora, no ha sido creado por los Estados, ni por las ONG. La democracia, la independencia nacional, el bienestar social, los derechos políticos y de género se ganaron a través de luchas sociales y colectivas. No obstante, los movimientos sociales y las ONG, no son, ni pueden ser, un sustituto del Estado o de las organizaciones internacionales, en la promoción de estos objetivos. Por un lado, no todos los movimientos y actores sociales no gubernamentales tienen como objetivos la paz, la democracia y los derechos humanos. Existen movimientos que representan al Estado, a intereses comerciales o a otros intereses políticos irracionales y antidemocráticos; los hay incluso criminales. Hay que tener en cuenta que, después del petróleo, los narcóticos son los productos más valorados para nuestra comodidad. La reacción contraria respecto a los derechos de las mujeres está dirigida por fuerzas religiosas. Por otro lado, redes de ONG -en cada país y entre países- como, movimientos sociales, continuarán dependiendo no sólo de sus contextos, sino de su capacidad de influir sobre los Estados. Esto significa una atención continua al trabajo tradicional de los políticos: partidos, elecciones, gobiernos, legislación. Puede que esté surgiendo una sociedad civil global, de movimientos sociales transnacionales, por lo menos respecto a temas como el medio ambiente, los derechos de las mujeres o el desarrollo. Aún está muy lejos de ser armoniosa, no siempre es efectiva y nunca es independiente del mundo del Estado.

La base de este sistema de Gobierno global -y aquí el profesor Kant estarla de acuerdo conmigo, espero- está el individuo. Son los ciudadanos quienes, entre otras cosas, pagan los impuestos, presionan a los Gobiernos, apoyan las fuerzas do paz, autorizan las decisiones de mayor envergadura que se contemplan dentro de la gobernabilidad global y generalmente dentro de las políticas mundiales. No es; necesario que haya oposición entre el concepto de ciudadano nacional, basado en un Estado, y un ciudadano internacional; pero será necesario elegir entre los intereses nacionales y los internacionales; es más, estará reñido el tiempo y el esfuerzo dedicados a los asuntos domésticos, respecto a los internacionales. Debido al aumento en la disponibilidad de información y comunicación en todo el mundo, es posible que se incremente la diferencia de interés entre los asuntos internos y los internacionales por parte de los ciudadanos. Puede que parte de ello sea debido a la disminución de la amenaza militar, después del final de la Guerra Fría. Pero, otra parte se debe al carácter mismo del cambio social en los países desarrollados, especialmente en lo que se refiere a los medios de comunicación. Los habitantes de EE UU, Reino Unido u otros países desarrollados son cada vez mas incultos, despreocupados y diría, que incluso menos responsables respecto a las cuestiones internacionales. La democratización, y la creciente importancia que se da a lo local, a lo espontáneo, a lo que tiene un mayor golpe de efecto, han venido acompañadas de un enfoque cada vez más reducido. A esto hay que sumar la degeneración grotesca de la televisión -que es ahora la principal fuente de noticias y de opinión política y de noticias- y de gran parte de la prensa, como resultado de la comercialización. La globalización de Murdoch y Bedusconi es antitética a la de una ciudadanía responsable, tanto a escala nacional como internacional. Hay algo podrido y peligroso en este proceso que, a largo plazo, afectará no solo al funcionamiento del sistema político nacional -como se ha demostrado en el nivel de participación electoral- sino también a la propia gobernabilidad global. Tanto en el apoyo a operaciones de mantenimiento de la paz, como en hacer sacrificios compartidos para reducir la desigualdad que existe en el mundo, o combatir la amenaza medioambiental, la competitividad endémica de los Estados se verá apoyada o disminuida por la ignorancia y la autocontemplación de los electores nacionales.