La guerra en los medios
IGNACIO RAMONET

Revista "Papeles", núm. 62 1997


Durante los últimos 20 años la globalización de la información ha modificado de manera importante el tratamiento de los conflictos. Homero fue el primer reportero en una guerra antigua. Contar lo que ocurre es una actividad tan vieja como el mundo, pero los medios de comunicación de masas existen desde finales del siglo XIX y son el resultado de una doble revolución tecnológica: la invención de la linotipia y de la rotativa.

La prensa recuperó dos invenciones importantes -en términos de comunicación-, la fotografía y el telégrafo, que le permitió el acceso a información lejana en un tiempo corto. Al aumentar su alcance mundial, también pudo incrementarse la tirada de los periódicos.

En caso de conflicto, los medios del siglo XIX comenzaron a enviar corresponsales de guerra. Las primeras fotografías utilizadas como medio de información, y no para uso militar, fueron las de la guerra de Crimea de 1860, En ellas se ven esencialmente objetos estáticos como el edificio de defensa, las trincheras o muertos, pero muchas menos de soldados en la batalla o desfilando. Es durante la I Guerra Mundial cuando la opinión pública occidental empezó a seguir los acontecimientos con interés, gracias a que la información llegaba rápido y de forma visual.

En EE UU se desarrolló ampliamente la fotografía. Durante la guerra de Secesión se tiraron millones do clichés. Fue, de hecho, un conflicto excesivamente fotografiado, lo cual aumentó el interés del público.

La guerra de Cuba o la de Filipinas de finales del siglo pasado fueron conflictos que la prensa estadounidense y otros medios utilizaron de manera importante. El cine llegó a La Habana en 1898, dos años antes del fin de la guerra de Cuba, de manos del operador de los hermanos Lumière con un espectáculo de feria que mostraban alrededor del mundo, la "Cámara Lumière". Con ella grabaron una serie de escenas de las maniobras militares, donde se plasmaba la atmósfera que existía en la capital cubana la víspera de la lucha armada. Esta guerra fue importante para EE UU, especialmente porque formaba parte do una polémica interior: la idea del "destino manifiesto" de la política expansionista estadounidense.

William Randolph Hearst, el gran patrón de la prensa estadounidense -se dice que es el personaje que Orson Welles inmortalizó en su película Citizen Kane, movilizó todos sus periódicos para provocar la intervención de EE:UU en la guerra de Cuba. El magnate envía a un corresponsal, que desde allí manda un telegrama diciendo que tal guerra no existía y regresa sin información. Hearst le contesta en una carta célebre: "mándeme dibujos, ilustraciones y textos, que yo le mando la guerra". Entonces ocurre la explosión del navío norteamericano Maine, ocasión que EEUU aprovechó para declarar la guerra. Es la primera contienda donde se aprecia la influencia excepcional de los medios de comunicación; cómo la prensa puede movilizar a la opinión pública (el Gobierno de William McKinley se ve prácticamente obligado a declararla). En esta época, también EE UU produce películas reconstruidas de la guerra de Cuba o Hispanoamérica para mostrar el poderío de la flota estadounidense.

Hasta entonces, la prensa actuaba con las manos libres y la primera guerra en la que aparece un verdadero conflicto entre los intereses de un Estado y la libertad de información es la I Guerra Mundial, en ella se va a verificar que la primera víctima del conflicto armado es la verdad. La guerra de 1914 estalla en agosto, lo que hace creer que va a ser un paseo militar de verano. Los franceses estaban convencidos de que entrarían en la capital del adversario en una semana. Este atmósfera la crea la prensa aunque, según los historiadores, no fue sólo ésta la responsable de la excesiva confianza.

Hay que tener en cuenta que es la primera guerra en la que todos los combatientes están alfabetizados, puesto que la enseñanza es obligatoria. La escuela ha hecho de ellos unos patriotas y la historia, en particular, les ha convertido en nacionalistas. Los historiadores dicen que la geografía sirve para hacer la guerra y que la historia sirve para hacer a los guerreros, y la confrontación del 14 es la primera que hace guerreros en los dos bandos.

En este ambiente, la prensa tiene el camino fácil, crea un entusiasmo de guerra y de una victoria próxima que tomará por sorpresa a la opinión pública cuando sobreviene la confrontación. Esta guerra va a conducir a los gobiernos alemán y francés a tomar medidas extremadamente severas. Por primera vez, consideran que el estado de guerra les autoriza a controlar el contenido de la prensa y, por ejemplo, nombran grupos de oficiales especializados en la información, que son los únicos acreditados para entrar en contacto con los periodistas. La prensa no tiene la oportunidad de informar debidamente y, entre otros impedimentos, los reporteros no pueden entrar en las trincheras hasta finales de 1917. Durante tres años, las trincheras son prácticamente invisibles, sólo existían en el relato de los supervivientes. Para superar estas dificultades, los periódicos más importantes optan por tener de corresponsales en el frente a oficiales retirados, que se imaginan los combates y escriben los comentarios.

En esa época se empieza a hablar de la manipulación de las mentes. Aparecen en Francia las primeras publicaciones satíricas que critican las versiones que dan los periódicos, puesto que la prensa alemana, francesa o inglesa combate el pacifismo o el derrotismo. Los pacifistas critican la manera en que se conduce la guerra y que decir la verdad implique ser derrotista. Así, ambas opciones ton violentamente criticadas por la prensa, que trata de inculcar en la opinión pública que se está a punto de ganar, como si se avanzara de victoria en victoria hasta la derrota final.

De esta manera, la guerra de 1914 a 1918 crea las condiciones en las que los Estados confiscan la libertad de expresión y, en particular, la libertad de informar do los medios de comunicación por razones de interés superior del Estado: la guerra.

El corazón de la sociedad

Desde los años veinte un medio logra mayor alcance hasta conseguir la supremacía al final de la década de los cuarenta. Se trata de la radio, que se desarrolla a principios de los años treinta y narra la evolución de los conflictos. En esa época, los Estados esencialmente totalitarios como Italia y Alemania y, por otro lado, también EE UU, van a hacer de la radio un instrumento de propaganda. No es el único, también el cine resulta extremadamente importante (en España se ve el "NODO"). Se darán informaciones cinematográficas en la primera parte de la sesión de cine, presentando el conflicto a la conveniencia del Estado, como ocurrió con la conquista de Etiopía por Italia o la de Libia. De esta forma, la guerra se va caricaturizando, es un conflicto maniqueo en el que hay buenos y malos, y la población sólo tiene acceso a la versión oficial de la confrontación.

La radio tiene que convencer a la opinión pública. La idea principal es que una guerra no sólo se gana en el campo de batalla, sino también cuando se conquista el corazón de la población, que constituye la retaguardia del que está combatiendo. De ahí que las guerras mediáticas hayan cobrado tanta importancia con el tiempo, para que en primer lugar los mismos combatientes sepan por qué están luchando y, segundo, para que, la opinión pública apoye este tipo de combate.

Los medios de comunicación que comparten estos objetivos en los años cuarenta son la radio y el cine. Durante esta época vimos cómo EE UU decide intervenir en el segundo conflicto mundial y cómo el propio Pentágono se hace productor, de cine, reclutando a los mejores directores de Hollywood para realizar una serie de películas llamadas "¿Por qué están combatiendo?", que se proyectan en todas las salas del país. Estos tratan de explicar al público por qué se ha de intervenir si inicialmente la opinión pública estadounidense no era intervencionista. La principal propaganda se dirige al propio público, para que conozca lo justo del combate y no del adversario. Se crea una relación gobierno/opinión pública tan fuerte que es difícil tener un criterio contrario u hostil a la intervención.

Los grandes medios de comunicación crean una cohesión nacional respecto a la guerra -que debe evitar cualquier tipo de fractura- y, en particular, una relación de apoyo al gobierno. Se manejan elementos de carácter emocional, que aparecen en esto momento y conducen a silenciar cualquier expresión de disidencia. Esta situación se confirma en la guerra del 39 al 45 con la intervención de EE UU, ampliamente apoyada por los medios de comunicación. Washington prohibe que se haga propaganda, o las expresiones de solidaridad hacia la Alemania nazi, la Italia fascista o el Japón imperialista, es decir, se acepta la idea de que hay una plena solidaridad. Dentro de este marco- la tradición estadounidense permite criticar la manera en que se desarrolla la guerra-, la prensa va a denunciar fuertemente al general Patton por su violencia y forma de conducir las ofensivas que cuestan demasiadas vidas.

La guerra de Corea es la primera en la que la televisión tiene un papel importante. El conflicto estalla a principios do los años 50, cuando en EE UU la televisión ya es el medio dominante. En esta guerra los espectadores ven en televisión una confrontación típica de la guerra fría, de ideologías enfrentadas, anticomunista y, para el contexto estadounidense, antiamarillista. La versión de la guerra que se plantea es unánime, tanto la que presentan los medios de comunicación escritos, como los audiovisuales, el cine y la televisión. La victoria la plasman en las películas de los años 50.

Ruptura en Vietnam

La próxima inflexión mediática se da en la guerra de Vietnam, que resulta mucho más interesante para este análisis. A partir de 1965 es un conflicto frontal en el que EE UU va a tener presentes a más de 550.000 hombres constituyéndose en una guerra mayor de la historia bélica de ese país.

En la II Guerra Mundial el enemigo no tenía defensores en los medios de comunicación. Sin embargo, la guerra de Vietnam se presenta con características, entre otras su larga duración, que hace que EE UU no pueda perderla, pero tampoco ganada, creándose una situación de estancarmiento que conduce a la fractura de la motivación. Sucede lo mismo que en la guerra de Corea, pero la atmósfera ya no es la misma que la de la guerra fría, no estamos en la confrontación del Mcartismo, por consiguiente, los medios de comunicación no aceptan las consignas de movilización y adoctrinamiento ideológico que el Gobierno quiere imponer. De hecho, la prensa va a informar con relativa libertad sobre la descomposición del Ejército estadounidense carente de motivación. Es decir, que si en la II Guerra Mundial hubo que movilizar a Hollywood con una serie de películas, ¿qué tendrían que haber hecho con la guerra de Vietnam para persuadir a los propios combatientes de las razones justas para llevarla a cabo? Es una guerra difícil que se libra contra un adversario relativamente poderoso y hábil, y la prensa se niega a silenciar los abusos del Ejército de EE UU, las ejecuciones masivas, el uso de armas químicas, la destrucción del medio ambiente con la utilización de defoliantes o la aniquilación de comunidades pacíficas.

En ningún país del mundo, hasta entonces, los medios de comunicación habían denunciado el comportamiento de sus propios soldados durante el desarrollo de la guerra. Por primera vez, el juego de dominó es extremadamente importante en esta relación Gobiemo-Ejército-medios de comucicación-opinión pública. La prensa acusa a los soldados de bárbaros, con un gran impacto en la sociedad civil.

Los reporteros siguen teniendo las condiciones tradicionales que el Ejército de EE UU concede a la prensa: cualquier periodista acreditado recibe automáticamente rango de oficial, pudiendo así integrarse en cualquier misión. Los reporteros son testigos y no producen textos o relatos so que se puedan manipular, sino que se filma la realidad con cámaras. Se ha dicho que fue una guerra televisada, pero no en directo. Se trata de una confrontación filmada para la televisión, aunque no en tiempo real, porque se necesitaba enviar las películas por avión a EE UU, que se difundían con 48 horas de diferencia.

Existen fotografías célebres, como la de la niña corriendo después de echade el napalm. Nadie puede pensar que ése es el enemigo que pone en peligro la existencia de EE UU. En este sentido la prensa invierte tinta y el efecto es demoledor, porque evidentemente nadie quiere enviar a sus hijos a la guerra y, además, la atmósfera en el seno del Ejército es de degradación moral, drogas, y resulta fundamental el hecho de que esos soldados no sean "caballeros". Esto provoca una ruptura entre el Gobierno y la opinión pública, que no apoya la guerra al ver que se hace por razones de política internacional y no para satisfacer a la población. Este ambiente gangrena al país, y cuando termina la guerra con la derrota estadounidense en 1975- es la primera en su historia- se plantea la cuestión de por qué no se ha vencido.

Probablemente la derrota se debió a razones estratégicas militares, ya que el único armamento que no utilizaron fue el nuclear, pero esencialmente se pensó que la desmotivación de la opinión pública produjo también la del Estado Mayor. El hecho de que la opinión pública pudiera asistir paso a paso a la evolución de este conflicto, a los juicios hechos a auténticos criminales de guerra en el propio EE UU o a las críticas a ciertos comportamientos, suscita una reflexión y desemboca a un cambio en la relación medios de comunicación-guerra-opinión pública, en el que nos encontramos a partir de entonces. La I Guerra Mundial y el conflicto de Vietnam son dos confrontaciones que marcaron una transformación radical.

El aprendizaje de Londres

Los primeros que aprenden la lección de la guerra de Vietnam no son los estadounidenses, sino los británicos. El Reino Unido comprende el desarrollo de los medios de comunicación: cómo el discurso televisivo es muy convincente y la televisión se encuentra en todos los hogares. El espectador es testigo de un acontecimiento militar y eso provoca tal perturbación en la manera de concebir la conducta de los conflictos que resulta indispensable reflexionar sobre ello. El primer conflicto que va a ser diferente es la guerra de las islas Malvinas.

Las lecciones de la guerra de Vietnam conducen al Estado Mayor británico a establecer otra forma de relacionarse con los medios de comunicación de masas. Las islas Malvinas van a prestarse al juego, ya que por su insularidad están aisladas y constituyen un escenario muy lejano. Los británicos no quieren dejar que el conjunto de la población sea testigo de los combates, basándose en que las guerras son crueles y demasiado complicadas para que la opinión pública las pueda conocer directamente. Así, Londres selecciona a un grupo de reporteros bajo su criterio, con el pretexto de la lejanía del conflicto y por el hecho de que en Argentina exista una dictadura militar, y también porque las Malvinas están ocupadas militarmente. De este modo, los medios de comunicación ingleses que pueden asistir tienen que hacerlo bajo protección del Ejército británico y se embarca únicamente un grupo cuyas informaciones se retransmitirán al resto de los medios.

Cuando la escuadra británica llega a la zona del conflicto, el buque que transporta a los periodistas queda en la periferia, desde donde recibe la información. Por tanto, ésta llega a través del Estado Mayor y los medios de comunicación no van a tener ninguna posibilidad, por mucho que se encuentren en el escenario de las Malvinas, de acceder directamente al lugar del conflicto. Se libran batallas que demuestran que la seguridad británica no es tal, que la aviación argentina es eficaz, que utiliza armas modernas. Los medios de comunicación se refieren a la guerra como un conflicto fácil, menos la BBC (British Broadcasting Corporation), que es la única que no acepta la manipulación y amenaza con pedir material a la televisión argentina para mostrar otros puntos do vista.

Pero de hecho, se presenta una guerra ideal a la opinión pública, casi un paseo militar. Este fenómeno nacionalista va a funcionar, y los británicos son capaces de cambiar la situación de transparencia anterior, que había alcanzado un nivel preocupante para los gobiernos con la guerra de Vietnam. Este modelo es el que se va a aplicar a partir de entonces en todos los conflictos en los que intervienen grandes potencias. La guerra solamente puede verse cuando los implicados son pequeños Estados. Es decir, ya estamos en un universo en el que la idea de que las guerras son transparentes ha sido abandonada. Desde Vietnam, en las guerras sólo se filma la versión que conviene dar del conflicto, la que el "ministerio de la Guerra" de la potencia implicada quiere dejar saber.

La siguiente guerra en la que interviene una gran potencia es la toma de la isla caribeña de Granada en 1983 por EE UU. Todo se presta para aplicar el modelo de las Malvinas. Los periodistas no pueden acompañar a las tropas en el desembarco que se desarrolla durante cuatro o cinco días, por lo que no existen imágenes de éste. El pentágono se excusa diciendo que es una guerra peligrosa para los corresponsales de guerra y que las tropas cubanas que se encuentran en la isla están ofreciendo una resistencia importante, así que cuando llegan los reporteros está todo ocupado y la guerra ya no presenta aspectos desagradables.

El segundo conflicto en el que el modelo de las Malvinas se aplica ya tradicionalmente es la toma de Panamá en 1989, en la que los estadounidenses van a utilizar un método más sofisticado. Al igual que en Granada, en Panamá no hay testigos durante el período más difícil y la nueva estrategia utilizada por EE UU en esta intervención se basa en que la levaron a cabo al mismo tiempo que la caída del régimen de Ceausescu en Rumania, el 20 de diciembre de 1989, cuando el mundo entero estaba ocupado en ver en directo un gran acontecimiento. Por primera vez, se ven las batallas callejeras en directo. Las cadenas de televisión rompen sus programas e incluso emiten 24 horas lo que está ocurriendo en Rumania, porque además allí el nuevo poder, el contrapoder, se instala en la sede de la televisión. Mientras el mundo entero, en lo que se llama "efecto biombo", está viendo entretenido los hechos de Rumania, EE UU interviene en Panamá y sabe que, en realidad, aparte de los países hispanoamericanos, en el resto del mundo el efecto será secundario.

En un estudio que realizamos en la Universidad de París comparamos lo que todas las cadenas de televisión francesas mostraron de Panamá y de Rumania. La proporción fue de nueve a uno. Prácticamente no hay imágenes de lo que ocurrió en Panamá, y la versión estadounidense es la que muestra al presidente Noriega como traficante de drogas, evitando todos los acontecimientos. Hoy día sabemos que si el conflicto hubiera que medirlo por el número de víctimas, en Rumania no llegaron a 1.000, mientras que en Panamá resultaron más de 2.000, sin embargo, la cobertura mediática en Rumania fue infinitamente más importante.

El valor de la noticia

Una vez puesto en práctica este modelo, se aplicará más estrictamente en la guerra del Golfo y actualmente es la pauta oficial de todos los países que pertenecen a la OTAN. En septiembre de 1986 se publicó un informe elaborado por la OTAN sobre cómo comportarse con los medios de comunicación en caso de conflicto, siendo el modelo exacto del comportamiento británico en las Malvinas. A los gobiernos no les importa que los especialistas vengan después del conflicto a contar lo que en realidad aconteció. Lo que les interesa proteger es que, en el momento en que se desarrolla el conflicto, haya una unidad sagrada, la que existió en la guerra de Corea, en la I y II Guerra Mundial: dar una única versión y designar como traidor a todo aquel que aparezca como disidente.

En realidad, el modelo oficial no fue observado por muchos periodistas y luego les tomó por sorpresa en la guerra del Golfo, que la propaganda presenta como un conflicto en directo, transparente, aunque hoy sabemos que desde la guerra de las Malvinas, las luchas armadas emprendidas por las grandes potencias son sin imágenes, y si existen son falsas o reelaboradas, que describen una realidad, pero para ocultada mejor.

Los periodistas no podemos imaginar cómo un periodista aislado podría establecer la verdad- como un Quijote de la información-, porque hoy sabemos de qué manera funciona la información: la motivación del Estado Mayor trata de utilizar el sistema informativo. Pero si se toma el análisis desde esta perspectiva, ¿cómo funciona?

La información constituye una mercancía y el sistema de información obedece a una ley en la que la noticia tiene un valor económico determinado. Eso hace que el sistema utilice las noticias de más valor en detrimento de las menos valiosas. Si pensamos que la información tiene una relación fuerte con la verdad y que de esa relación debería depender su valor económico, debemos saber que éste no es el caso. La verdad o la mentira no son importantes, lo que importa es quo puedan rentabilizarse las noticias. El sistema actual ha cambiado la naturaleza de la infoanación, el medio dominante es la televisión, el proyecto del sistema informativo nos hace testigos de los acontecimientos, es decir, impulsa a que cada persona se autoinforme, como si estuviera allí mismo. De esta manera, la noticia adquiere valor, se produce en directo, en tiempo real (teniendo en cuenta que casi todas las noticias son en diferido) y ésto nos lleva a reflexionar que valor en relación a la verdad tiene el ser testigo.

Ser testigo de algo no me aproxima necesariamente a la verdad porque presencio una parcela de lo que está ocurriendo. Es un pequeño elemento de un mosaico extremadamente complicado. Además, una imagen se puede interpretar de diversas maneras. Es decir, me puedo autoengañar. Este sistema de información coloca al ciudadano en una posición que denomino "prerracional", porque se apoya en las sensaciones y emociones, y no en el racionamiento. Toda la racionalidad moderna del siglo XVIII se ha constituido contra este dominio de los sentidos. Ahora, aceptar un sistema informativo que descansa esencialmente en el sentido de la vista supone ser indiferente a la razón, a la verdad. Un caso representativo muy espectacular es la tragedia de Ruanda en 1994. Vimos en la televisión cómo huían centenares de personas- entre todas las maldiciones bíblicas, el hambre, las enfermedades- y a la vez oímos hablar de un genocidio. La lectura elemental de un espectador medio ante esta información sería la de clasificar a las masas de gente como víctimas del genocidio, cuando la realidad era mucho más complicada. Entre los individuos que veíamos en su dolorosa huida se encontraban los responsables del asesinato de más de un millón de personas. No se ve ni una imagen del genocidio, sólo la huida de los hutus.

Es muy difícil que funcione la fórmula de la imagen sin comentado. El sistema de la lectura de la cadena de televisión Euronews, que muestra imágenes sin comentarios, no puede explicar asuntos complejos, de ahí que en este método informativo los conflictos sean más maniqueos. El contexto general hace que, por razones económicas de funcionamiento de la información, el restablecimiento de la verdad sea extremadamente complicado.

Durante mucho tiempo, los medios de comunicación influyeron relativamente en la opinión pública, ya que sólo lo hacían en sectores marginales, por lo que tenían poco peso económico. Hoy en día, la principal batalla estratégica económica en el mundo tiene que ver con la comunicación, con las autopistas de la información. En este tipo de batalla estratégica en que la información es una materia económica de primera magnitud, es evidente que la educación al público es capital. La prensa debería reflexionar sobre sí misma, así como es precisa una reflexión de los medios de comunicación a escala internacional.

No se puede seguir en un sistema en el que los medios de comunicación lo juzgan todo, pero no a sí mismos. No es posible que carezca de jueces un ente con tal poder y responsabilidad. En el seno mismo de los periódicos hay que desarrollar una critica que serviría para la educación de los ciudadanos en este terreno. No es fácil, ya que los medios de comunicación se pueden identificar con una ideología y también es muy difícil tomar la suficiente distancia para ver el perfil que va adoptando. Además, los medios de comunicación son como camaleones y cambian.

En cuanto a la medición de los periodistas, éstos responden a un perfil diferente y toman partido. ¿Qué filtros existen para la información? No es que el periodista haga mal su trabajo, sino que trabaja dentro de un contexto que hace que, siguiendo las leyes comentadas antes, no permite tener una visión completa, con profundidad histórica, etnológica-cultural, con dimensión geoestratégica, y cualquier problema tiene estas dimensiones. lnformar bien nunca es responsabilidad directa del periodista. Evidentemente, un periodista debe informar con la mayor honradez y buena fe, pero informar es responsabilidad de un órgano, de un periódico, de una emisora de radio, al menos a este nivel.

Considero que tratándose de un conflicto son esenciales dos visiones no contradictoras de tipo periodístico. La primera, es la visión del infante, de la primera línea de la batalla, del reportero que está al ras del suelo, que ve cómo se vive y testifica el punto de vista parcial subjetivo, cómo viven los civiles. Esta perspectiva del terreno es indispensable, pero si nos limitamos a ella en el peor de los casos no vemos el conflicto, es el síndrome de "Fabricio del Dongo", el personaje de La Cartuja de Parma, soldado en la batalla de Waterloo. La batalla se termina, pero él no sabe quién la ha ganado porque ésta se libra en un escenario de vados kilómetros, y a ese nivel no se sabe porqué se lleva a cabo el combate. Hace falta una visión de Estado Mayor que sabe quién ha ganado la batalla. De esta manera, es preciso que en el mismo órgano de prensa tengamos estas visiones caleidoscópicas, fragmentadas, que muestren el contexto general, político, económico, estratégico, cultural, con las cualidades antes mencionadas de honradez, de inteligencia, de apego a la verdad, y no basadas en opiniones que son otra cosa.

Si ambas visiones están presentes es posible aproximarse a la verdad, un acercamiento que siempre es difícil. Al mismo tiempo, el ciudadano debe saber que informarse cansa, no es algo pasivo. Si una persona decide no informarse vive igual de bien, quizá mejor. Si observamos la actitud física de alguien que se está informando mediante la televisión, normalmente tumbado, medio adormecido, las imágenes le están distrayendo. Eso no es informarse. Estar informado es una actividad, no algo pasivo. Luego, si hay una contradicción entre mi propia disposición corporal y mental, entre aquello de lo que quiero informarme y mi propia actitud de abandono, tengo que poner orden en esa contradicción. Puede ser interesante ver la televisión para informarme, pero debo completarlo con la lectura de diarios o revistas.

El problema no es la carencia sino la sobreabundancia de información, de ahí que la responsabilidad del ciudadano es enorme, porque hoy día nadie puede decir que se carece de informaci6n, en un mundo en el que es uno de los elementos del planeta. Cuando la información era extremadamente escasa, al que la poseía tenía el poder, así funcionaban los Estados autoritarios. Vivimos en un mundo de sobreabundancia de información que es casi gratuita, de modo que los ciudadanos no tenemos la disculpa de no acceder a ella. El sistema de información apuesta por la pereza del ciudadano, para que éste no descubra fácilmente las manipulaciones groseras que realiza el poder en determinados contextos conflictivos.