El Planeta como paciente

Revista "Viento Sur" núm. 25, Marzo, 1996
Nicholas Hildyard


El tema sobre el que se me pidió hablar es "La salud del planeta". Pero espero que no os importe si empiezo hablando de trenes, horarios de trenes y viajes.
Estoy seguro de que todos y todas conocéis esa sensació6n. Yo la llamo "el efecto del tren con retraso". Te encuentras en un andén desprotegido, el tren trae retraso y te pones a hablar con la persona que tienes al lado, ésa que (si vives, como yo, en Gran Bretaña) está también dando pataditas en el suelo para calentarse los pies. Descubres que vuestras preocupaciones son similares. A ambos os preocupa la selva tropical, la capa de ozono, el medio ambiente. Pero a medida que la conversación avanza, empieza a aparecer la sombra de una duda. Lo que tenéis en común parece muchísimo menos importante que vuestras diferencias. La fe que ella tiene en la integridad de las multinacionales no es algo que puedas compartir. De hecho, para ti, integridad y multinacionales son términos contradictorios. Y, no, no estas de acuerdo en que la mayor desgracia que el Tercer Mundo sufrió fue cuando "nosotros" nos fuimos. Y no te fías de los científicos y políticos cuando te dicen que la tecnología nos "salvará" de la destrucción.

Y entonces el tren llega, y la persona te abre la puerta, y tú subes y ella se queda en el andén. "No sube usted también?". "Oh, no. Este no es mi tren. Voy en dirección contraria".

Tengo esa sensación de "mismo andén; tren diferente" cuando oigo a la gente hablar de "consumismo verde", de "agricultura de bajo rendimiento", de "desarrollo sostenible". Hay algo que me dice que "algo no marcha aquí".

Sobre todo cuando me describen el Planeta como "un paciente en la unidad de cuidados intensivos".

A salvo en manos de los expertos

Viniendo de alguien que se ha pasado los últimos veinte años trabajando para sacar a la luz pública el alcance y las consecuencias de la destrucción ecológica, este comentario puede parecer chocante. Han estado destruyendo o quemando las selvas tropicales a una velocidad de un campo de fútbol por minuto. Los residuos tóxicos contaminan la tierra, los ríos y los mares. Los caladeros se han visto reducidos. El calentamiento global es un hecho. La tierra cultivable se está erosionando, salinizando, anegando o degradando. Millones de personas se han visto reducidas a la mayor miseria, sus medios de subsistencia destruidos. ¿Seguro que tanta destrucción justifica la comparación?

Pero las comparaciones (por mucho que parezcan describir gráficamente un suceso o un dilema) pueden ser peligrosamente engañosas. Al ver la imagen de una persona en el hospital, con tubos saliéndole de cada orificio, máquinas emitiendo pitidos al fondo y médicos de bata blanca inclinados sobre ella, entendemos que esa persona está muy enferma. Pero la imagen no nos dice por qué esa persona está enferma. Ni se plantea si los médicos de bata blanca son las mejores personas que puedan garantizar la supervivencia del paciente. Da por sentado su papel. Da por supuesto que el médico comparte los intereses del paciente.

No hago esta observación para poner en entredicho a los médicos (aunque tengo muchas dudas sobre la naturaleza de la medicina moderna), sino para sacar a luz algunos de mis recelos sobre la imagen de la tierra como paciente.

¿Una sorpresa caída del cielo?

Y el primero de esos recelos es que la comparación implica que la crisis ecológica sea algo que nos ha caído del cielo, como un ataque al corazón abatiendo a alguien en la calle.

Pero la crisis medioambiental no es nueva, al contrario; desde las chimeneas de la Gran Bretaña victoriana hasta los talados paisajes lunares de la moderna Columbia Británica o de Sarawak, la degradación medioambiental ha acompañado siempre a la expansión económica, ya que los intereses comerciales han sacrificado las formas de vida y el medio ambiente de la zona explotada a la obtención de materias primas, su transformación en mercancías, su comercialización y la forma de deshacerse de los residuos.

Tampoco se ha dejado de objetar a la destrucción. En el Sur, las culturas autóctonas se han enfrentado a sucesivos intentos (primero por parte de los regímenes coloniales y después por parte de sus propios gobiernos posteriores a la independencia, que actúan en conformidad con los intereses comerciales y las agencias de desarrollo internacional) de transformar sus tierras y a ellos mismos en recursos para la economía global. Han saboteado operaciones madereras, bloqueado pistas forestales, retrasado la construcción de presas, destruido plantaciones comerciales, quemado fábricas e instalaciones, cerrado minas y organizado mítines en un esfuerzo constante por mantener a raya a las fuerzas de la destrucción.

Lo que es nuevo es que la destrucción medioambiental ya no se puede negar. Lo que es más, la oposición a tal destrucción ha provocado que el anteriormente marginal discurso ecológico se haya vuelto mayoritario, transformando un tema secundario la destrucción ecológica) que la empresa se sentía capaz de ignorar, en mercados perdidos y votos perdidos. Si las empresas madereras no paran de proclamar ahora que su meta es una "tala sostenible", no es por que se hayan dado cuenta repentinamente del daño que están causando al medio ambiente (en muchos casos, aún niegan el problema) sino porque los boicots a la tala y las protestas in situ les han obligado a responder a la creciente indignación pública ante sus actividades.

Lo que también es nuevo es que la degradación ecológica junto con unos principios ecológicos más estrictos, amenaza ahora a la producción de recursos en la economía global, negándole materias primas y lugares donde se puedan echar fácilmente (y de forma barata) los desechos del industrialismo. Sólo en los EE UU, se ha calculado que el coste de la limpieza de los 2.000 vertederos más contaminantes del país asciende a 100.000 millones de dólares. Ni siquiera se puede hablar de cifras realistas en cuanto a los trastornos sociales y económicos que provocará el calentamiento global y la disminución del ozono.

Para los intereses industriales, la degradación ecológica amenaza así con hacer caer a la economía mundial en picado. Para ellos, ésta es la novedad con respecto a la crisis medioambiental. Para aquéllos y aquéllas cuyo sustento está siendo destruido por el crecimiento económico, sin embargo, la recesión económica no es la amenaza que el sistema quiere hacemos creer: al contrario, hace posible que recobren el control sobre sus propias vidas, que se restablezca lo que el desarrollo ha tendido a destruir. Verdaderamente, como apunta el activista social mexicano Gustavo Esteva, la crisis de la deuda de los ochenta liberó a muchas comunidades en México: los agricultores empezaron a cultivar productos elegidos por ellos, en vez de productos para la exportación; los barrios recuperaron la vida a medida que los puestos y los mercadillos regresaban a las esquinas de las que hacía tiempo habían desaparecido; las comunidades empezaron a tomar decisiones por si mismas, al tiempo que la burocracia se derrumbaba; y la gente empezó a darse cuenta de que podía vivir sin el desarrollo.

¿A quién le echamos la culpa?

Esto me lleva a mi segunda preocupación. La imagen de la Tierra como paciente no nos dice nada de las fuerzas que han provocado que el paciente enferme. Transmite la impresión de que lo único de lo que nos debemos preocupar es de la enfermedad. Vuelve invisibles las caras de aquellos que llevan a cabo la destrucción, y las caras de aquellos que sufren las consecuencias. Le sigue el juego a esa amable idea, promovida en la Cumbre de Río y en otras partes, de un mundo en el que toda la humanidad está unida por un interés común en la supervivencia, y en el que conflictos de clase, raza, cultura y género se consideran de importancia secundaria ante el supuesto objetivo común de la humanidad.

Las referencias constantes a los "recursos comunes de la humanidad", por ejemplo, oscurecen convenientemente el hecho de que la gran mayoría de la gente no tiene acceso a esos recursos, que ni poseen ni controlan, y que la minoría explota egoístamente para sus propios fines. (En Brasil, por ejemplo, las multinacionales poseen más tierra que todos los campesinos juntos. En Gran Bretaña, el nueve por ciento de la población posee el 84 por ciento de la tierra). Igualmente, los flujos de recursos de la llamada "base de recursos común" de la Humanidad son extremadamente inequitativos. En los últimos 50 años, sólo los EE UU han consumido más combustibles fósiles y minerales que el resto de la humanidad en toda la historia de la que se tiene constancia. La industria vacuna estadounidense consume tanto alimento como las poblaciones de India y China juntas, una orgía de consumo que es posible sólo dejando morir de hambre a otra gente.

Es una imagen que confirma el punto de vista de que todos los humanos comparten una responsabilidad común en la destrucción ecológica, bien por sus demandas actuales que exigen un precio ecológico, bien por las demandas que se espera que hagan en el futuro. Así, en vez de echarle la culpa de la disminución del ozono (como sería lo correcto) a intereses empresariales específicos (Dupont, por ejemplo) que usan su poder mundial para globalizar las ventas de productos químicos perjudiciales para la capa de ozono, sin tener en cuenta su conocido impacto ecológico, se considera responsable del agujero en la capa de ozono a la futura demanda de frigoríficos en el Tercer Mundo.

Ocultando lo político

Esto me lleva a mi tercera preocupación porque, "la Tierra como paciente", es una imagen que despolitiza la destrucción. Nos habla sólo de la destrucción en abstracto. No nos dice nada de los millones que se han visto marginados intencionadamente, sus tierras comunales desmanteladas y degradadas, sus culturas denigradas y subvaloradas y su propia valía reducida a su valor como mano de obra.

Es una imagen vacía de instituciones políticas. No nos dice nada de la existencia de compañías multinacionales o de bancos de desarrollo multilateral, burocracia o patriarcado. Y no nos dice nada de los cambios históricos en la sociedad y la economía que tales estructuras han provocado. Se han hecho invisibles.

Y, como estas fuerzas se quedan fuera de cuadro, permanecemos ajenos a los cambios en el poder que han creado el Banco Mundial, el Fondo Monetario internacional, Dupont o Macdonalds. No somos conscientes de los procesos que ahora se llaman "desarrollo", "construcción nacional", "crecimiento económico" y "progreso". Procesos que son, primero y sobre todo, procesos de expropiación, exclusión, denegación y desposeimiento. En una palabra, de "cercado" (enclosure).

El diccionario da una definición general de cercar: "meter en un marco". El cercado arranca a la gente y a sus tierras, bosques, oficios, tecnologías y cosmologías del marco cultural al que pertenecen e intenta meterlos a la fuerza en un nuevo marco que refleja y refuerza los valores e intereses de los nuevos grupos dominantes. Todas las piezas que no encajen en el nuevo marco pierden su valor y se desechan. En la edad moderna, la arquitectura de este nuevo marco la determinan las fuerzas del mercado, la ciencia, las burocracias estatales v empresariales, los modos patriarcales de organización social, y las ideologías de gestión medioambiental y social.

El cercado inaugura lo que Iván Illich ha llamado "un nuevo orden ecológico altera el equilibrio del poder de la zona que garantizaba la supervivencia como "la norma suprema de comportamiento colectivo, no el derecho aislado del individuo". En vez de ello, convierte el medio ambiente en un "recurso" para la producción nacional o global, lo desgaja en múltiples pedazos que pueden venderse como mercancías, regalarse como favores políticos o bien usarse para acumular poder.

El cercado transfiere el control de los recursos a aquellos que no son responsables ante la comunidad. Más claramente, la tierra (y la de mejor calidad en particular) se concentra proporcionalmente en cada vez menos manos.

El cercado genera escasez y conflicto. Los grandes latifundios de regadío, por ejemplo, niegan el agua a los agricultores de la zona que trabajan fuera del sistema latifundiario. En las ciudades, la gente sin automóvil tiene cada vez más difícil el acceso a la calle.

El cercado acordona aquellos aspectos del medio ambiente que el cercador considera "útil" (sea hierba para las ovejas en la Inglaterra del siglo XVI o grupos de árboles para talar en la moderna Sarawak) y los califica, y a sólo ellos, de valiosos. Una calle se convierte en un conducto para vehículos; un pantano, en un campo que hay que drenar; el agua de los ríos, en un valor malgastado que hay que enjaezar para la producción de energía o la agricultura. En vez de ser una fuente de múltiples beneficios, el medio ambiente se convierte en un valor unidimensional que hay que explotar para un único objetivo: el beneficio del cercador.

El cercado reorganiza la sociedad para satisfacer las absolutas demandas del mercado. Exige que la producción y el intercambio se adapten a las normas que reflejan las exigencias de la oferta y la demanda, de la competición y la potenciación de la producción, de la acumulación y la eficacia económica. La actividad económica se separa de otras esferas de la vida social, sujeta a reglas que socavan activamente las anteriores redes de ayuda mutua.

El cercado replantea el sentido de la comunidad. Cambia los puntos de referencia por los que se valora a la gente. Los individuos se convierten en "unidades", cuyo "valor" para la sociedad se define en cuanto a su relación con la nueva entidad política que surge del cercado. Cada vez menos gente tiene acceso al medio ambiente, al proceso político, al mercado o a los conocimientos que necesitan.

El cercado trae así consigo un nuevo orden político. Cuando al medio ambiente se le da un nuevo uso, se requieren nuevas normas y nuevas formas de organización. El cercado replantea el cómo del control del medio ambiente, quién lo controla y a quién beneficia. Las viejas formas de control del medio ambiente se quedan obsoletas o desprestigiadas, ridiculizadas o proscritas.

El cercado replantea el foro en el que se toman las decisiones. Decide las voces que cuentan. Para poder poner el control en manos de otros, cuyas filiaciones y fuentes de poder quedan fuera de la comunidad, cercena el conocimiento de la ética de la comunidad. El cercado abre el camino a la burocratización y cercado del mismo conocimiento. Concede el poder a aquéllos que dominan el lenguaje de los nuevos expertos y que están versados en su etiqueta y matices sociales, que son inaccesibles para aquellos que no han acudido a la escuela o universidad, que no tienen títulos profesionales, que no pueden manejar ordenadores, que no pueden entender los aparentes misterios de un análisis de coste y beneficio, o que se niegan a adoptar las maneras contundentes de un mundo cada vez más masculino.

El cercado se constituye así en un cambio en las redes del poder que entrelazan el medio ambiente, la producción, la distribución el proceso político, el conocimiento, la investigación y la ley. Reduce el control de la gente de la comunidad sobre sus propios asuntos. La influencia y la capacidad de una persona, sea mujer u hombre, depende cada vez más de si el cercado la absorbe o no, de si acepta (de buen o mal grado) un nuevo papel como consumidor, trabajador, cliente o administrador, de si juega de acuerdo con las nuevas reglas. Se abre así el camino para que el sistema absorba a la gente, bien por medio de programas que atraigan a las mujeres al desarrollo, o a los minifundistas al mercado, o que fomenten trabajos a sueldo.

Y a aquellos que se quedan al margen del nuevo sistema, ya sea por opción personal o porque ahí es a donde la sociedad los ha empujado, no sólo se les concede poco valor: son considerados una amenaza. De esta manera es a los sin tierra, a los pobres, a los desposeídos, a quienes se echa la culpa de la destrucción forestal; a su pobreza a la que se acusa de la superpoblación; a sus protestas a las que se les llama subversivas y una amenaza para la estabilidad política. Y como se les considera una amenaza, se vuelven objetos que hay que controlar, los sujetos legítimos de un cercado más.

Los zorros a cargo del gallinero

Esta es la realidad del proceso de desarrollo. Sin embargo es una realidad que la imagen de la "Tierra en la unidad de cuidados intensivos" oculta.

Vemos a la Tierra en la mesa de operaciones. Pero no vemos qué hacen los médicos. Ni se nos invita a desafiar su derecho a decidir el "destino de la Tierra".

En vez de ello se nos presenta una imagen que legitima el status quo, que le ofrece a los poderosos el mayor objeto al que pueden aspirar a controlar, el Planeta entero.

Ciertamente, retratando la degradación medioambiental como un problema global que requiere soluciones globales, la imagen de la "Tierra en la unidad de cuidados intensivos" le ha dado impulso a los intereses de aquellas multinacionales a las que les gustaría ampliar su alcance global. Por definición, argumentan, sólo las instituciones internacionales y los gobiernos nacionales cumplen los requisitos para esa tarea.

Vemos a los poderosos intentando enmarcar los problemas medioambientales en función de soluciones que sólo el mundo desarrollado (y sus aliados entre las elites del Tercer Mundo) puede proporcionar. Por ejemplo, el punto de vista que sustenta la Agenda 21, el programa de acción suscrito en la Cumbre de la Tierra de Río, es el de que los problemas medioambientales y sociales son en primer lugar resultado de capital insuficiente (solución: aumentar la inversión del Norte en el Sur); tecnología caduca (solución: aumentar la inversión del Norte en el Sur); falta de expertos (solución: traer administradores y expertos educados en el Norte); y un crecimiento económico titubeante (solución: presionar por una recuperación económica en el Norte). Las cuestiones previas de si el dinero puede solucionar la crisis medioambiental, de quién se beneficia de las transferencias de capital y tecnología, y de qué medio ambiente y en beneficio de quien se va a administrar, son simplemente dejadas de lado.

El proceso de desarrollo (el proceso de cercado) permanece así incontestado. Se considera más importante la necesidad de acción que debatir las diferencias sobre que acción tomar, por quién, con el visto bueno de quién y teniendo en cuenta los intereses de quién. Los peligros de tal mentalidad "gestión en tiempo de crisis") son grandes. Pocos ecologistas negarán que la degradación medioambiental ha alcanzado dimensiones críticas, destruyendo los sustentos de las comunidades, condenando a especies a la extinción, asolando paisajes y (si los trastornos climáticos ocurren en las proporciones que algunos climatólogos predicen) amenazando posiblemente la misma supervivencia futura de los humanos y otros mamíferos.

Pero cada vez se usa más la naturaleza crítica de tales amenazas para justificar el hecho de que se les dé a aquéllos actualmente en el poder aún más autoridad: para legitimar programas que alejarían aún mis a la gente del control; y para sancionar una mayor administración, más desarrollo verticalista, más vigilancia, un control de la gente afín mayor, y una mayor manipulación del medio ambiente. Con la gestión en tiempo de crisis viene el "ecologismo de gabinete de guerra". La crisis ecológica, se ha llegado a argumentar, debería tratarse como "una amenaza militar a la seguridad nacional" que requiere "instrumentos de intervención rápida, tales como un cuerpo de policía ecológica internacional que intervenga en todo momento y lugar en los que exista una amenaza ecológica en o por un país que afecte a la comunidad de naciones internacional", en palabras de Al Gore.

El hecho de que los principales grupos ecologistas no hayan cuestionado tal manera de pensar (de hecho, ellos mismos usan este tipo de retórica) indica hasta qué grado las elites han sido capaces de apropiarse del ecologismo y usarlo como un instrumento para aumentar su poder.

El desarrollo sostenible se está usando ahora para legitimar una agenda que, si no se llega a cuestionar, amenaza con una nueva serie de cercados tan devastadora para los intereses de la población general como hasta ahora, e igual de destructiva para la medio ambiente.

Las prioridades de los nuevos administradores del medio ambiente están claras. Lo que hay que administrar es aquellos aspectos del medio ambiente que son de valor para la economía global: desde el germoplasma para la biotecnología a depósitos de residuos y otras mercancías que se puedan comercializar.

Mientras que en el pasado se utilizaba la "soberanía de la Corona" y la "erradicación de la pobreza" para legitimar la apropiación de los recursos y la destrucción de las culturas, hoy es "el medio ambiente" lo que se usa para justificar el cercado.

Ahora no se pretende simplemente conseguir materias primas, mano de obra barata o mercados, sino proveer "servicios medioambientales" para mitigar los problemas que el propio sistema sigue creando. Granjas de árboles que absorban el dióxido de carbono sustituirán a los cultivos y campos en barbecho de los campesinos para "compensar" por la contaminación provocada por fábricas a miles de kilómetros. Ni siquiera se considera la opción de alejarse de una economía industrial.

Resistencia

No se ha dejado de luchar contra el cercado. Sin embargo la imagen de "la Tierra como paciente", sacando a la gente (excepto a los administradores) del cuadro, no refleja en absoluto tal resistencia. A lo largo de la historia, los sistemas de tierras comunales se han enfrentado al cercado de bosques, tierras de pastoreo, campos, caladeros, lagos, ríos, plantas y animales de los que dependen para mantener sus formas de vida y asegurar su bienestar.

Es, en parte, a causa de esta resistencia que la ideología del crecimiento económico como la única solución concreta para la pobreza, la desigualdad y el sufrimiento se está viniendo abajo. No hace falta convencer a los millones de personas tanto en el Sur como en el Norte que conocen directamente sus falsas promesas. Saben, como dice Gustavo Esteva, que "el desarrollo apesta".

Y mientras la mayoría de los que forman parte de la ONU y organizaciones similares se han interesado sólo en soluciones que permitan que el crecimiento industrial continúe, los movimientos que han surgido de la resistencia al cercado están construyendo un camino muy diferente.

Sus reivindicaciones no se basan en un nuevo planteamiento de los mecanismos del mercado, ni en la incorporación de manuales de ecología en la economía, ni en la formulación de nuevos tratados, sino en la reivindicación de las tierras comunales; en la recuperación de la tierra, los bosques, los ríos y los caladeros que les han arrebatado; en la reconquista del control sobre la toma de decisiones; y en la restricción del mercado.

Para algunos grupos y comunidades, el centro de la lucha es la defensa de los sistemas de tierras comunales actualmente existentes, en contra del cercado; para otros, la reivindicación de aquellas tierras comunales que han sido cercadas; y para otros, la creación de nuevas tierras comunales.

Lo que comienza como una batalla contra una forma de cercado (una incineradora, quizá, o un proyecto de plantación) a menudo llega a formar parte de una lucha más amplia que permita a la comunidad definir sus valores y prioridades.

En general no se buscan alternativas en el sentido que le dan a la palabra los ecologistas occidentales; se trata más bien de modernizar aquello que funcione, de combinar enfoques tradicionales y nuevos y de desarrollar estrategias que satisfagan las necesidades de la zona. En ese sentido, no se trata de debatir asuntos tan tecnocráticos como la manera de conservar la tierra o el tipo de especie de árbol que plantar (para aquellos que dependen de la tierra comunal, el punto de partida antes de abordar tales cuestiones suele ser "veamos que es lo que ha funcionado en el pasado, y construyamos sobre eso"), sino más bien cómo crear o defender en la comunidad instituciones abiertas y democráticas que aseguren el control de la gente sobre sus propias vidas.

Si hay un común denominador en las iniciativas que han surgido de estas luchas, no es una visión uniforme del futuro, o el apoyo a un único programa de cambio, sino más bien el hecho de que todas responden, cada una a su manera, al intento por parte de la gente de la zona de reclamar el proceso político y enraizarlo de nuevo en la comunidad.

La reivindicación central de todos los grupos es la de conferir la autoridad a la comunidad: no al Estado, ni al gobierno local, ni al mercado, ni al terrateniente local, sino a aquéllos cuyo sustento depende de las tierras comunales. De esta manera, la lucha es por algo más que el simple reconocimiento de los derechos sobre las tierras en si; es, fundamentalmente también, una lucha por la restauración o la defensa de una correlación de fuerzas que limite el poder en el seno de la comunidad.

Un elemento clave en la lucha es el aumento del poder negociador de aquellos actualmente excluidos o marginados del proceso político y el deterioro del poder de aquéllos que actualmente pueden imponer su voluntad a otros. Sólo de esta manera (cuando todos aquéllos que tengan que vivir dependiendo de una decisión tengan voz en la toma de esa decisión) se puede asegurar una correlación de fuerzas esencial para el funcionamiento de las tierras comunales.

Para aquéllos que están acostumbrados a imponer su voluntad e idiomas a otros, o a los que les parecen tan terribles las amenazas a las que se enfrenta la humanidad que consideran que sólo una camarilla centralizada de expertos puede resolver la cuestión, la reivindicación del control para la comunidad es, en el mejor de los casos, una amenaza a su poder, y en el peor una fórmula para la indecisión y la chapuza que llevan al desastre.

Pero hay pruebas aplastantes de que los mejores medios de los que disponemos para reparar el daño causado por el cercado son las instituciones a nivel local en las que el poder está limitado y la preocupación de todos y todas es el común derecho a la supervivencia.

No se pueden crear tierras comunales por decreto; ni se pueden reclamar adoptando únicamente técnicas verdes como la agricultura biológica, la energía alternativa o un mejor transporte público, por muy necesarias y atractivas que sean a menudo estas técnicas. Más bien, los sistemas de tierras comunales surgen de la resistencia diaria del pueblo al cercado, y de sus esfuerzos para recuperar sus sustentos y el apoyo mutuo, la responsabilidad y la confianza para preservar las tierras comunales.

Las imágenes de la "Tierra en la unidad de cuidados intensivos" no nos hablan de estas luchas, ni nos invitan a unimos a ellas. No nos hablan de las iniciativas que llevan a cabo grupos de base por todo el mundo para proteger y preservar su pedazo de bosque, su caladero, su campo o su pantano. Sí nos hablan del sufrimiento de la Tierra, pero sólo para hablamos de la necesidad de la gestión de los expertos.

Mismo andén. Pero trenes muy diferentes.

[The Ecologist
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Traducción: Alberte Pagán